Conocí el mar hace diez años…

Conocí el mar hace diez años y no fue el esplendor del que todo el mundo hablaba. La gente siempre dice que es una maravilla, pero no advierten de la sal que te cuece los ojos. Como todos los que se plantan por primera vez ante el mar, me quedé en la ribera esperándolo con los pies. Era agua turbia con una fuerza que amedrentaba, un aroma de cangrejos muertos. Y calor. Ese calor que ya no suelta, que enloquece a la más inmóvil piedra de su lecho impredecible; ese calor tan inaprensible, tan líquido, que no necesita más que suavizar la tierra para facilitar la persecución de sus misterios. De un momento a otro tenemos esa sal disuelta, transparente, hasta el cuello, y somos presas dóciles, incautos niños asombrados.

Hoy me encuentro nuevamente frente al mar, encaro su tórrida furia y poco a poco me empieza a parecer diminuto, volátil sustancia de tan engreída. Y al mismo tiempo resuena con cierta nostalgia que te trae ―a ti, roca salvadora en la tempestad― desde una ciudad a mil cien kilómetros de distancia, te hace surgir en su murmullo. La grisura pasa a ser una pétrea tonalidad azul, un reflejo indescifrable de tu cuerpo. Veo el mar, pero te escucho a ti.

Lo más increíble no es que ahora vea el mar con tus ojos y lo sienta con tu piel dispuesta a sus vaivenes, sino que lo hago sin haber compartido un paisaje marino contigo. No estás aquí para señalarme las boyas que trazan un muro acuoso impenetrable, no sé cómo te ves recortada sobre este fondo ondulante; hace falta que me adentres en tu agua, en ese mar que los comprende todos. Vaivente conmigo, sálame.

* * *

Está el mar en ti: llevas ese color cambiante, los tumbos que de noche arrullan, en cada gesto. Eres también cielo reflejado en el salar de Uyuni: puedes anular el horizonte y envolverme, suspenderme en tu centro infinito. Inefable claridad inverosímil. Pero estoy obligado a creer la verdad de tu cuerpo para asirme de él, para transitarlo, para descansar en él los pies cansados. No hay más destino que tu cuerpo: alojarme en tus zonas más cálidas, migrar a tus círculos australes y convertirlos en el trópico de Venus, franquear tu orografía boreal. Contemplar tus fenómenos carnales. Habitarte.

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Sobrevolar el Popocatépetl

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Camino al Popocatépetl

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Popocatépetl desde carretera a San Pedro Benito Juárez III

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Popocatépetl desde carretera a San Pedro Benito Juárez II

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Popocatépetl desde carretera a San Pedro Benito Juárez

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Tres santas

Atlixco, Puebla