Rasguños

Araiza el bravo

Cada vez es más fácil que la narrativa joven destaque en el panorama literario, incluso en el terreno de la ficción breve, género discriminado donde, sin embargo, el canon se ha construido a partir de autores como Torri, Monterroso, Arreola, Reyes, De la Colina, Samperio, Elizondo, Pacheco. Estos y otros autores latinoamericanos y españoles definen con su obra lo que debe ser una buena minificción. Y llegar a las editoriales que han sido catalogadas como importantes en México, con una opera prima de minificción tendría que estar diciendo algo de su autor. Es el caso de Hugo López Araiza Bravo, nacido en la Ciudad de México en 1989, “Publicó su primer cuento a los nueve años (dizque) y ha publicado constantemente desde el 2006 en la revista-club La Pluma del Ganso- actualmente estudia filosofía en la UNAM y está encargado de la sección de columnas de la revista Migala, ganadora de la beca Edmundo Valadés otorgada por el FONCA.”

Pues bien, su libro Infinitas cosas se acaba de publicar en febrero de 2011, fue el ganador del concurso Caza de Letras de la UNAM y está editado en Alfaguara. Los jurados del concurso fueron Mónica Lavín, Álvaro Enrigue y Alberto Chimal, quienes escribieron que “Las minificciones de Infinitas Cosas tienen una transparencia, una tersura y una efectividad que nos parecieron dignas de premio y publicación.” El resto se puede leer en las dos últimas páginas del libro.

Infinitas cosas se compone de 58 microrrelatos, cantidad que le da un buen volumen al libro, un tamaño justo. Los temas son variados y aunque alguno se llega a repetir los textos no conforman ninguna serie; pero más importante que los temas abordados son los recursos que Araiza utiliza para lograr el efecto perseguido por todos los minificcionistas: el knockout.

Para lo anterior hay que decir, de una vez, que en algunos microrrelatos se ve una influencia borgiana y cortazariana, como en “El monstruo en el espejo” y el que abre el libro, “Juego de espejos”; ese recurso de la metaficción y la estructura de caja china ya se ha leído demasiado. Es literario, por supuesto, pero no se advierte ninguna propuesta; el final sincrónico que también sugiere el quebrantamiento del límite ficción- realidad, después de “Continuidad de los parques”, no aporta mucho a un cuento: se ha convertido en un vicio. Otro ejemplo es “Cadena perpetua” en el cual efectivamente se transparenta “Los dos reyes y los dos laberintos” de Borges:

Cadena perpetua

Al caer entre las olas, Ícaro se estremeció ante la revelación de que no encontraría nunca tierra firme. Entonces comprendió que ese era su laberinto, no aquel otro, del que sí había logrado escapar.

Por lo demás me parece que la última oración le sobra, el lector ideal ya conoce el mito de Ícaro y por lo tanto no hace falta explicar que pudo escapar del laberinto de Creta, le sobra, como esta misma repetición, porque se vuelve redundante. Y, por supuesto, no falta la minificción a modo de manual de instrucciones, forma bastante atractiva a la que muchos autores han arribado, me refiero a “Consejo contra la hoja en blanco”. Pero no se trata de minificciones que se limiten a calcar un estilo o una idea, se nota el trabajo y el esfuerzo por crear mezclas de recursos y tópicos; sólo tres textos me parecen vacuos: “Juego de espejos”, “Selenita” y “Sombrero de doble copa”, que se vale de una inversión de la lógica y se va haciendo predecible conforme nos acercamos al final:

Sombrero de copa

El mago metió la mano en el sombrero para realizar su acto final. Pero no logró sacarla. Una fuerza descomunal tiró de él hasta succionarlo por completo. Del otro lado, un público de conejos aplaudió su aparición.

Sin embargo, es un libro ameno, lúdico –como se afirma en la contraportada–, se saborea el humor bien mesurado; hay tensión, precisión, actualización de tópicos literarios e incluso de otros microrrelatos, por ejemplo “Strip tease” posiblemente relacionado con “El engaño” de Marcial Fernández, “Cotidiano” con “El hombre invisible” de Jiménez Emán, y la ineludible tradición sirenaica. Quiero destacar precisamente “La sirena”, relato de una cuartilla que remata con un final sorprendente, un giro de tuerca bien atinado.  Y no todo es un jugueteo infructuoso, no sólo nos pasamos un buen rato sonriendo, hay microrrelatos en los que Araiza nos pone a pensar. Claro que todos resignifican la realidad, como todo acto artístico, pero hay unos que me parecen dignos de mención: “Coleccionistas”, “Así son las cosas”, “Do ya feel lucky”, “Batalla invernal”, “Alebrije”.

Infinitas cosas es un libro impresionante, hay de todo un poco, historias, estampas, ocurrencias, mitos, magia, fantasía, islam, música; es una obra de contrapunto, uno lee un micro tirando a lo terrorífico y luego se encuentra con el humor repentinamente:

Melófobo

Al sordo no le gustan las fiestas. Se asusta mucho cuando encienden el estéreo y se mueven convulsivamente sin razón aparente.

pero hay algo detrás de ese humor: se aleja del prejuicio y de la carga moral y pasa sobre los ciegos, los sordos y todos los que de uno u otro modo están y son desvalidos. Así Araiza nos hace pensar en la vejez, la monotonía, la banalidad, las aficiones y los fanatismos, los segregados, lo que a fin de cuentas encontramos en cada esquina de la ciudad

                   Me gusta Infinitas cosas por su frescura, su espíritu alegre, su sencillez acertada del lenguaje, los títulos que como sabemos son muy importantes en una minificción, las técnicas como la elipsis y la ironía, pero también la inclusión de todos los elementos del cuento tradicional, la precaución del final sorpresa y sobre todo que no hay una brevedad o prolongación injustificadas o forzadas. Falta más trabajo en algunos textos, por supuesto, pero ya se le ve madera de narrador, lo ha demostrado. No hay nada más que decir. Ahí que quede.

  Hugo López Araiza Bravo, Infinitas cosas, México, Alfaguara, 2011.

Reseña publicada originalmente en la web de Crítica

http://revistacritica.com/vigilia/infinitas-cosas-de-hugo-lopez-araiza-bravo

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