Desvaríos

Confesión

Recuerdo que el amor era una blanda furia

no expresable en palabras.

Eduardo Lizalde, El tigre en la casa

No se puede escapar de la literatura. Las letras nos espían todo el tiempo, en la mugre de los postes, en las burbujas de jabón queriendo escapar del zócalo; las letras nos rebasan, sacan sus manos por las atarjeas y nos pellizcan los tobillos, a todos. Pero a algunos se nos suben a las piernas, nos trepan, se nos meten en la boca, en los oídos, a veces por los poros, entonces uno puede sentir cómo se reproducen, cómo hierven y suben como espuma láctea, y si la boca no se abre para que se desparramen con su blanda, blanca furia, la cabeza estalla y el corazón se agrieta.

Querer resistirse a la sublevación de las propias letras es un acto suicida más eficaz que la bala en la cabeza o el salto desde un rascacielos. ¿A quién le importa la belleza? A ellas les da perfectamente igual, no sienten lo mismo que nosotros, tienen sus propios valores y convicciones, sus vicios acérrimos y una memoria indeleble. Son ellas las que recuerdan los aromas, las volutas amorosas, la cobardía, el nacimiento, el fuego, la angustia.

Todos han escrito una parte de sí mismos alguna vez: la literatura siempre gana.

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