Desvaríos

La mágica brevedad

No revelar los secretos al público es una máxima mágica, los espectadores perciben como misterio un acto perfectamente racional por el hecho de desconocer la causa, el procedimiento. La magia es deudora del asombro del espectador, quien pretende querer saber cómo es posible que desaparezca esa moneda, que cambie de color ese as, que desaparezca ese anillo. Todo está ante él, más o menos visible, más o menos oculto. Pero la verdad es que no quiere que le expliquen nada, ama a los mirones de palo, porque si algún impertinente osa revelar el secreto, inmediatamente se gana el odio colectivo, que siempre, en ese momento, tiene espíritu infantil: es capaz de sorprenderse. Y si alguien descubre, deduce o accidentalmente se entera del mecanismo, se queda perplejo y tal vez desilusionado y no será capaz de asombrarse otra vez con el mismo acto, que ahora es un simple truco, a no ser que se presente de forma novedosa, amena y siempre con un estilo único. También es muy probable que en casa, cuando ya todos estén durmiendo, y seguro de que nadie espía tras las cortinas, desde adentro del horno de la estufa o de los espejos, ese alguien intente reproducir el milagro, y fracasará en el mejor de los casos (en el peor, habrá parido un clon desnutrido y mecánico de aquel acto desentrañado). Y sucede que la magia se produce en un breve respiro, ese relámpago que reverbera en la médula se produce en un instante, pero su fugacidad se extiende inmediatamente y sale poco a poco a través de esa sonrisa inevitable e inconfundible, signo de que el mago ha triunfado al hacer que una moneda traspase una superficie sólida. Es ese brevísimo misterio el que atrae a la gente: siempre quiere ver lo invisible en un solo parpadeo.

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Aunque Monterroso diga (en presente, claro, porque todo instante no es nunca pasado) que el hacedor de brevedades anhela escribir tendidamente, la verdad es que el escritor de letras mínimas sólo busca extenderse interminablemente en su hacer condensatorio como conjunto. El tamaño sí que le importa: quiere una grande, muy grande colección de piezas diminutas (que ya entre ellas algunas son gigantes y otras enanitas) porque al coleccionar tanta brevedad, tantas palabras escogidas como la fruta que se compra, se vuelve un recolector de omisiones, de silencios, de sorpresas no dichas que se ocultan en el espacio blanco entre palabras.

      El escritor de brevedades no busca el misterio: lo construye con lo evidente, sin máscaras, porque no es un mentiroso. Entrama una verdad con los elementos aparentes del mundo para que nadie se de cuenta de que al mismo tiempo ha cimentado una historia oculta, visible sin embargo por esos mismos elementos que ahora se revelan como un anzuelo, una placentera distracción, como el pase de manos, el cardistry.

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El público de un mago y el lector de brevedades debe ser cómplice, participativo; cuando el prestidigitador lo señala con el dedo, el niño no puede negarse a caminar al escenario para ayudar a construir esa otra parte de la historia mágica (que vulgarmente llamamos rutina) eligiendo una carta, rasgando un papel o diciendo un número. Tampoco los ojos que devoran una historia o una imagen comprimida pueden resignarse a desconocer el pasado de un personaje apenas perfilado, no pueden dejar vacío ese espacio narrativo que el autor ha delimitado con cuidado. Pero una gran diferencia hay entre descubrir el secreto narrativo y aquél que encierra la magia: en el segundo, desde el punto de vista del profano y hasta del mismo colega, puede haber desencanto; pero en el primero hay un goce, la epifanía no es del texto sino del lector mismo. Vislumbrar la semilla a través de la tierra, de eso se trata la brevedad.

      Las letras mínimas, como bien se sabe, son también filiales del instante: en un momento se leen y, apenas terminado ese brevísimo tiempo, un universo se ha formado por completo, una genética se ha decodificado. Antes de llegar al punto final se gesta una intuición, la antesala de ese  gesto que nos comprime las mejillas y elonga los labios los lados, el mismo gesto que nos delata como amantes del misterio mágico; si hay sonrisa, hay sinapsis entre el texto y el lector, hay un secreto perpetrado. La historia se convierte no en una foto ni un cortometraje sino en una, potente, vasta y, digámoslo ya, imagen narrativa, pero no por ser una simple imagen que cuenta algo, sino por una historia que se percibe en un duro golpe, en un instante, de principio a fin.

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El hacedor de brevedades es un extraño mago que goza cuando revelan sus secretos.

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