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Eran tus ojos en la tarde, tibia niebla dilatada, destellos constelados, gotas nocturnas que me hidrataban. Podían faltarme tus palabras húmedas de agosto, tu boca, sanguinolentas sanguijuelas que me excavaban el deseo, tus cúspides frías, erectas. Pero eran tus ojos llenándose de horizonte, desparramándose de horas conmigo, la felicidad. Y ahora que son fosas de abismo, pozos de la nada, estoy seguro que moriré de sed.

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