La sal de los requiebros

Quieres regresar a donde sabes que no hay posibilidad de retorno, las puertas que has abierto están cerradas fuera de tu triste memoria. Quieres volver al punto crítico y dejar de morderte los labios, que broten las palabras, que se abra el puño que te aprieta la garganta desde hace tanto tiempo. Pero no puedes, lo sabes. Nada de lo que hagas, ni tus sueños más vencidos, ni tus manos abriéndose hasta lo imposible, ni tus mejores palabras reanudarán la marcha de un instante cortado de tajo. Te retuerce el arrepentimiento, hay un ciclón en tu sangre, se te arremolinan las angustias y evitas todo contacto con el mundo mostrando una sonrisa afable, y funciona, te has salido con la tuya todo este tiempo. ¿Y a dónde irías? ¿Hay acaso alguien en quien confiar? ¿Crees tú que habrá quien comprenda la razón última de tu actual absurdo? Nadie mira lo que tú contemplas, nadie escucha lo que te atraviesa, no habrá quien sienta lo que te mantiene en vilo. Callas. Te vas y te pierdes en las bocanadas de la pesadumbre, recorres sus fisuras y arrancas las pequeñas flores que en ellas habitan, haces un ramo colorido e inodoro que se ve muy bien de lejos y que se enraíza en tus dedos. Tienes fe en su crecimiento, cuidas sus brotes, matas las plagas, te haces de un jardín propio que se alimenta de tus fracturas. Y todos quieren que les des un poco de tus colores. A ellos les funciona: extraen los pigmentos aparentes y se dibujan una ciudad viva; pero cuando tú quieres remojarte un poco en esa luz descompuesta, ésta se te niega, se transparenta. Has mentido también diciendo que sólo querías echar un vistazo en la negrura, que sólo remojarías los pies un rato. ¿Quién te iba a seguir? La gente no se ocupa en dudar ni en creerte. Una vez rastreaste el origen de las grietas porque ya no sabías cuándo fue que comenzó la inundación cuyo afán de apaciguar la sed terminó siendo feroz, mortal, y volviste a ese momento de incertidumbre cuando la cobardía te ganó, cuando te mostraste inútil, inservible, inviable, estafador, idiota, culpable, detestable. Entonces fue que te adentraste en la espesura de tu desierto, en la rabia de tus bestias, te instalaste en los túneles más bajos de tu Ciudad Capital del Derrumbe y ahora eres el rey y señor de sus vacíos, dominas las soledades de sus habitantes y gravas sus atisbos de felicidad. De vez en cuando extrañas el mundo, pero no te tienden la mano ni tú la pides porque aquí llueve siempre y la piel se vuelve inestable, inasible, se le resbalan las esperanzas, las miradas, las caricias; el contacto es imposible en este trozo de aislamiento. ¿Qué fue del entusiasmo, ese pobre perro de basurero? Alguien lo llevó a tu casa un día y lo recibiste complaciente, era una criatura inocente, alegre, inquieta por tus atenciones, pero sus resecos ojos representaban ante ti un espectáculo ya visto, unas luces que se encienden intermitentemente, el resquebrajarse de las tierras que has pisado, tu silueta apenas distinguiéndose entre una muchedumbre que no deja de caminar ni de estar sentada ni de estar perdida ni de no hacer nada. Esa breve mascota se quedó sin el agua que le procurabas y se conformó con tu sal para siempre seder de ti y no dejarte. Recuerdas tantas palabras que a fuerza de repetirlas se transfiguran en clamor de piedra, expedición infatigable, ardores nocturnos que te obligan a incorporarte y te hacen presentir que la mañana que se aproxima te prepara ya una fiesta de disfraces. Habría que ser muy engreído para no vestirse de etiqueta y echarse a andar un rato más por las calles que has memorizado, las banquetas que ya te cansan, porque a fin de cuentas la rutina te absorbe y te protege con sus blandos abrazos incondicionales. Y estás aquí, en dos lugares a la vez, donde habitas y donde viven los demás, negociando a diario una tregua que no llega, que no has de ver nunca. La única salvación posible, lo sabes, llegará cuando te estés lavando la boca o engrasando la puerta que rechina, estarás atareado como todos, fundido con todos, y no te habrás enterado de cuándo fue que firmaste el armisticio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s