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Resignación

Deja que te picoteen, mendrugo, las interminables palomas; deja que te arrullen para que no te duela. O tal vez prefieras unas manos que te partan por el medio y luego poco a poco te dispersen en la plaza para prodigar tus trozos a las aves. No te atormentes pensando que tu quebradiza piel, tu mórbido cuerpo, alimentan una plaga; guárdate la ilusión de que por ti las palomas tienen fuerza para seguir amando.

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