Desvaríos

¿Dónde estaré? ¿Me acordaré de ti? Probablemente dirás que sí…

¿Dónde estaré? ¿Me acordaré de ti? Probablemente dirás que sí, que podré verlos a todos, que justo ahora estoy lamentándome contigo, que no me he ido. Ya sabrás de qué va esta carta, y sé que justo ahora puedes estar decepcionada aunque te limites a llorar y repetirte incansablemente que no es cierto, nada de esto. No me atrevo a pedirte perdón, apenas si tomé valor para escribir, pero sucede que no quería tampoco que me anduvieran buscando y se toparan con la noticia bruscamente; he tenido un poco de tacto y espero que puedas apreciarlo. En realidad siempre quise tener tacto para todo, quizá demasiado; quizá exageré, ahora que lo pienso, en no querer angustiarte, como cuando perdí el trabajo en la Secretaría, ¿te acuerdas? Estaba a punto de ser ascendido, pero el imbécil de Julián ―perdóname que insista en insultaro, al final da ya lo mismo― insinuó que tú habías sido la moneda de cambio. ¿Y tú que hiciste? ¿Recuerdas que dijiste que era yo un estúpido por defenderte? Le partí la silla en la espalda y le tiré la computadora en la cabeza cuando cayó al suelo. Nunca te conté qué dijo exactamente, y mírame, sigo sin poder decírtelo por no querer hacerte enojar; y así te hago daño, lo sé, porque pensarás que te tomo por tonta, por infantil, y tal vez vayas con Julián a reclamarle, a decirle que por su puta culpa ha pasado esto y aquello. Y llorarás. En su pecho. Porque sé que eres débil para estas cosas y dejarás que te abrace aunque lo odies en ese mismo momento. Después me odiarás a mí brevemente por haberte empujado a la humillación. Ya lo ves, no puedo pedirte perdón porque no he terminado de hacerte daño.

He pensado varios días a quién mandarle esta carta y creo que aun en tu debilidad eres la más fuerte. No es un asunto de obviedad: amarte no hace necesario que te confiese todo. Pude haber dejado que me encontraras ya muy lejos como para poder traerme de regreso, más dormido que de costumbre para escuchar tu canto en la cama. Eso te gustaba, cantar lo suficientemente alto para que yo despertara sin abrir los ojos y pudiera fingir que no te oía. Sé que me mirabas mientras tanto. Así durante quince años, según mis cuentas, porque según tú los primeros cinco años no valen porque no te había dicho ­te quiero, misterio mío, te quiero. Estás sonriendo, puedo verlo en este instante: decías siempre que por muy bien que te cogiera no significaba que ya te quisiera. Más bien no te amaba, y era justo, replicaba yo. Entonces sabías que tenía razón en mis cálculos.

Había cosas que, sin embargo, descubrías tarde a veces, prematuramente otras tantas. El amor mismo que yo te tenía, que aún te tengo, lo encontraste un poco tarde; quiero decir que lo advertiste cuando ya estaba seguro de sí mismo, y te enojaste un poco porque habíamos pasado un par de años creyendo que nos queríamos de forma distinta. Tarde descubriste también que tu familia me parecía insufrible, muy tarde, cuando ya estábamos aquí, inalcanzables para todos.

En cambio, de algún modo presentiste este día, sin que lo supiéramos entonces, cuando dijiste que algún día estarías tan cansada que sería yo el que se levantara primero de la cama, sin decir nada, sin cantarte, sin mirarte, sin preocuparme por saber si seguías viva. Te quedaste dormida sobre la mesa, bastante ebria, y yo me fui a la cama como queriendo conjurar tus palabras. Celebrábamos mi cumpleaños, ¿te acuerdas? Hoy también cantaste, estoy seguro, pero no te escuché; desperté sin ruido, sin movimiento alrededor, me aterroricé por sentirme en paz, por no saber de ti. Quince años no dicen gran cosa: llevo toda la vida de conocer a mis padres y esta carta está en tus manos. Dime, cuando llegues, si era obvio que fueras tú quien recibiera estas líneas.

Confío en que no te sentirás culpable, aunque no está de más decirte que estás lejos, lejísimos, de ser la causa de mi partida; si yo hubiera podido tomarte por la cintura y no soltarte, invitarte a contemplar las últimas sombras del día. Pero no habrías querido y me habrías quitado el pasaporte, los rastrillos, las corbatas, los barbitúricos y el cinturón; no te habrías ido a trabajar, no habrías llegado tarde a casa, no me habrías buscado debajo de la cama creyendo que intentaba asustarte aprovechándome de tus supervivientes miedos infantiles. Estoy en casa, amor, en la azotea. Lejanamente esperando tus últimos abrazos, tus preguntas insatisfechas.

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