Desvaríos

No sigas buscando, no estoy en casa…

No sigas buscando, no estoy en casa. Tampoco me llames al celular, ya no puedo contestarte. No estoy enojado contigo, puedes llamarle a Javier o a Carolina para preguntar por mí y te dirán que no estoy con ellos, que no me han visto desde la última vez que nos reunimos con ellos en casa de ella. No les pidas que me marquen, no voy a contestar.

Te amo cuando escribo esta carta y, si aún se puede amar donde estoy, también mientras la lees. Tú mejor que nadie sabe cuando escribo con la felicidad o la tristeza bajo las yemas. Aquí hay un poco de terror, otro tanto de entusiasmo. No te preocupes demasiado, misterio mío: sabrás de mí irremediablemente, así son estas cosas. Cuando uno se va procura hacerlo con el mayor silencio posible para que al saberse la noticia ésta irrumpa con absurdo estruendo, aunque luego se descubra su normalidad, su implacable intrascendencia. Te dolerá un tiempo, digamos tres años, pero acabarás acostumbrándote y es probable que llegues a entender que no te he abandonado. Hay una enorme diferencia entre marcharse y abandonar. Te espero, no huyo de ti.

No me arrepiento de haberte ocultado mi partida porque el terror se habría apoderado de ti y yo quise llevármelo conmigo para que pudieras conservar la calma. Esta carta es la sombra de ese miedo atroz que tal vez presientas ya. No te angusties, no llores, no llames a mi madre, recuerda que está muerta allá en México, y a los muertos no se les habla. Cálmate, amor, seguramente vendrán a decirte dónde estoy cuando termines de leer, y en caso de que suene el teléfono de casa o tu celular, no contestes. No hagas nada que no sea escuchar esa guitarra melancólica de Bawnden Hick, ve a la cama y acuérdate de ese concierto: me soltaste la mano y cubriste con los dedos de ambas tu boca, perseguías con los oídos los dedos de Hick, la segunda cuerda se desgañitaba en los últimos trastes y tú mirabas sus dedos para escuchar mejor. Te di un beso. Nada. No estabas. Eras música nada más y la música no ama. Acuérdate ahora de Bawnden Hick, pon ese disco, esa canción, para que no puedas atender el teléfono, para que no abras la puerta, para que no te importe dónde estoy, por qué me he ido.

Pasa todos los días en muchas casas: alguien enciende el auto, toma la autopista más cercana y pisa a fondo el acelerador, sortea las curvas admirablemente hasta que decide que ha sido suficiente y ya no retrasa la llegada a su destino. Para eso son las autopistas, para llegar rápido a alguna parte, o a ninguna. A veces el destino llega a uno, pero a eso lo llamamos accidente, y en esto, amor, no hay accidente alguno porque yo he encendido el auto y he tomado la autopista con plena conciencia, me he encaminado al lugar donde ahora estoy con total seguridad. Puedes venir también si tú quieres, así no tendrías que responder las preguntas de nadie porque sería atormentador que tuvieras que contestar que no a todo. No peleábamos, no nos éramos infieles, no nos aburría la música que el otro escuchaba a todo volumen, no te importaba que dejara la tapa del retrete arriba, no me cansaba de oír una y otra vez la historia de cómo hiciste, sin querer, que clausuraran una tienda de mascotas exóticas. No estábamos cansados. No me orillaste a irme. No tienes la culpa.

Puedes ahorrarte el interrogatorio de mi madre. Ven aquí, conmigo, como cuando dejamos México. Entonces era otro aquí, distinto al aquí en el cual te espero. El lugar en el que lees esta carta nos era completamente desconocido y acabó por convertirse en sosiego, en identidad, en hogar. A nadie dimos explicaciones, acuérdate, porque a nadie debíamos nada. La noticia correrá, cruzará el mar, y te traerá de vuelta los reclamos atrasados de una horda de resentidos y egoístas.

No será el terror el que llegue cuando te digan dónde estoy, nadie teme a lo que ya ha pasado. Será el vacío, lo inimaginable, entonces podrías alcanzarme una vez que sepas qué ruta tomar.

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