Desvaríos

Retribución

Puedes escucharlos alrededor tuyo planeando tu vida, qué debes decir, qué tren tomar, cuántas maletas son necesarias, cuánta renta pagar. Y tu alma, en la más fetal de las posiciones, pide la palabra, musita una suerte de apología del error; nadie, por supuesto, puede escuchar detrás de tu boca. Entonces tomas las valijas que te han preparado: tres mudas de ropa, un par de zapatos, una revista pornográfica ―para que te enamores sin perder el tiempo en pactos intangibles―, una carta de recomendación para limpiar vidrios en el más lujoso edificio de la ciudad, la piel de tu mascota ―te han permitido llevar su tacto, aunque frío y áspero, porque saben que nunca has de saciar el anhelo incauto de creerte la necesidad de alguien más; pero eso tú no lo sabes―, y muchos buenos deseos que jamás habrás de perder ni dejando abiertas las valijas en la estación o el aeropuerto.

        No es tan malo, piensas, una vez que viajas a más de 200 km/hr y la apología, que habías declamado una y otra vez cuando decidían tu rumbo, se convierte en censura y discurso emotivo. Y concluyes, una vez que estás lejos de tus ilusas pretensiones, que la vida sucede como sólo ella sabe o como otros, que siempre saben más que tú, te la han preparado y servido. Desmenuzada, claro. Desmenuzada y en porciones pequeñas para que no te ahogues y retribuyas, con tu insigne trabajo, cada uno de los esfuerzos que en ti han reparado.

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