Desvaríos

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No estoy seguro de quién soy y, sin embargo, aquí me tienes. Heme aquí. Tampoco sé quién eres y malgastaría la vida en intentar desvelarte. Eres la mayor incógnita que habita mis entrañas, la más oscura necedad, mi más deleitante obcecación infame. No te pertenezco, yo mismo me ofrendo. Sírvete de mí. No podrás negar que un atisbo de dulce dominio te ha embargado; estamos tan endemoniadamente perturbados por ciertas verdades pero al mismo tiempo sabemos qué lugar nos corresponde en este pertinaz desencuentro: arriba tú, siempre por encima, salvando las distancias que en tierra no lograrías siquiera cubrir con la mirada; yo abajo, soportándote, bañado por tu sombra, libre así en tu cautiverio. ¿No es esta una verdad perturbadora acaso? Estamos acostumbrados, eso es lo que pasa. Más nos alteraría acatar cautelosamente las conductas prescritas, querernos inocentemente. Esto no es más que una sinceridad perfecta, casi animal: el amor es siempre una emboscada, las murallas rendidas ante el sitio, la declaración de muerte más bella. Y un lugar común como la muerte misma. Tal vez seas el Imperio Asesino, el buitre que me asola, la tormenta devastadora, la caricia que no llega. Pero el vencido siempre lleva la mayor ganancia: hace creer que ha sido tomado por sorpresa. Soy tu ciudad hambreada.

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