Desvaríos

¿A quién pedí este aire…

¿A quién pedí este aire, los silbidos solitarios del viento, el ardor del sol, la resequedad del alma? ¿Por qué no puedo renunciar al débil hálito que me mantiene ridículamente erguido? El error que hay en mí no es obra mía, yo no resquebrajé la piedra que me sustenta. Soy yo lo quebrado, lo desencajado. Así he nacido, con la maldición de conocer ―apenas un poco― la distancia que separa a la calma de mí, con el sucio destino de no hallar más que una salida, la quimera perfecta, el desvarío provechoso, la escritura. La llana escritura ―la literatura está demasiado lejos, muy por encima. No aspiro a ella, mi acto más artístico, mi verdadera literatura, estará en mi muerte, y ya se sabe que uno no puede adjudicarse a sí mismo ciertas categorías o etiquetas que llegan con el tiempo.

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