Desvaríos

¿A quién pedí este aire…

¿A quién pedí este aire, los silbidos solitarios del viento, el ardor del sol, la resequedad del alma? ¿Por qué no puedo renunciar al débil hálito que me mantiene ridículamente erguido? El error que hay en mí no es obra mía, yo no resquebrajé la piedra que me sustenta. Soy yo lo quebrado, lo desencajado. Así he nacido, con la maldición de conocer ―apenas un poco― la distancia que separa a la calma de mí, con el sucio destino de no hallar más que una salida, la quimera perfecta, el desvarío provechoso, la escritura. La llana escritura ―la literatura está demasiado lejos, muy por encima. No aspiro a ella, mi acto más artístico, mi verdadera literatura, estará en mi muerte, y ya se sabe que uno no puede adjudicarse a sí mismo ciertas categorías o etiquetas que llegan con el tiempo.

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Y si nos hubieran advertido…

Y si nos hubieran advertido habríamos llegado a este mismo punto difuso y opresivo tal vez más pronto, con una sonrisa condescendiente. Habríamos, quizá, hecho un gesto con los labios y parpadeado lentamente, como un signo de cordura; o un ademán vacilante pero límpido, casi inocente, casi ignorante. Y habríamos tocado por fin nuestro cuerpo por encima de nuestra piel, tu cuerpo que resuena todavía bajo mis ojos cerrados. Habríamos, cariño. Pero sabemos ahora del amor, de la rabia, de rendir la verdadera libertad que surge en el más constreñido cautiverio. Estábamos a tiempo ―cuando tocaste por primera vez mis ansias con tu silencio, cuando despertaste en mí las ganas de obsequiarte mis propias manos, cuando sólo nos queríamos arrebatadamente― de levantarnos de la cama, de la mesa, salir del auto, del cine, sin decir nada, sin hacer nada más que mostrar la palma de la mano para hacernos callar e irnos. Largarnos cada uno por donde vino. No habría significado mucho, nada en realidad: el amor es el culpable de dotar el mundo de un sentido inaprensible, demasiado platónico, muy interior para ser inteligible. Antes del amor lo teníamos todo. Antes de nosotros había vida.

          Pero, amor. Simplemente pero, y en esta palabra cabemos perfectamente y tenemos suficiente espacio para entrar y salir a nuestras anchas y meter el mundo entero y multiplicarlo por cien y ponerle mil peros a la vida. Y nosotros, la cópula en la adversidad; los adversarios que copulan. De haberlo sabido, de habernos sabido tal como somos ahora, tal como el amor nos desnuda y desdibuja, nos conforma; de haber podido tener la más tenue astucia.

          Pero el amor es una inteligencia que no se equivoca y no se sacia.

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Apretar el paso

A veces, simplemente dan ganas de quedarse quieto en medio de un bulevar, aguardar la embestida, crisparse por completo. El corazón se acelera y una suerte de vértigo casi nos convence, pero siempre traicionamos ese impulso, lo menospreciamos porque sabemos de antemano que aun con eso no dejaremos de ser ridículos. Lo más sensato es continuar, siempre seguir adelante por más que no tengamos referencia alguna de estar yendo a donde se supone que debemos ir. Y da igual. Nuestros puntos de partida son siempre fortuitos. Contingentes deseos insatisfechos de otros tantos como nosotros que nos dicen que vamos bien. También ellos quieren un hombro para apoyarse, una vida admirable o paliativa por lo menos.

Todo es pasajero, todo se va al carajo. Irse al carajo es también un destino accidental nacido de ciertas advertencias ―igualmente sin fundamento― ignoradas; entonces surge la culpa, el remordimiento, la retrospectiva conmovedora después de un análisis de la situación más o menos revelador. Hay que cambiar esto y aquello, empeñarse en la felicidad, ser devoto de la esperanza. Y cuando de pronto dan ganas de quedarse quieto en medio de un bulevar, por segunda, quinta, enésima vez, las cosas empiezan a andar mal, las sacamos de quicio, nos muerde el mundo, resopla el cielo y no hay forma de ocultarnos porque siempre habrá de contenernos, siempre estaremos bajo su dominio. Se vuelve pesado el cielo con ese azul tan destilado, sus vapores desgarrados. Pensamos, pues, que todo está previsto, que es un cálculo maldito, y pierde la gracia quedarse parado en medio del bulevar y apretamos el paso.

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Sitio

No estoy seguro de quién soy y, sin embargo, aquí me tienes. Heme aquí. Tampoco sé quién eres y malgastaría la vida en intentar desvelarte. Eres la mayor incógnita que habita mis entrañas, la más oscura necedad, mi más deleitante obcecación infame. No te pertenezco, yo mismo me ofrendo. Sírvete de mí. No podrás negar que un atisbo de dulce dominio te ha embargado; estamos tan endemoniadamente perturbados por ciertas verdades pero al mismo tiempo sabemos qué lugar nos corresponde en este pertinaz desencuentro: arriba tú, siempre por encima, salvando las distancias que en tierra no lograrías siquiera cubrir con la mirada; yo abajo, soportándote, bañado por tu sombra, libre así en tu cautiverio. ¿No es esta una verdad perturbadora acaso? Estamos acostumbrados, eso es lo que pasa. Más nos alteraría acatar cautelosamente las conductas prescritas, querernos inocentemente. Esto no es más que una sinceridad perfecta, casi animal: el amor es siempre una emboscada, las murallas rendidas ante el sitio, la declaración de muerte más bella. Y un lugar común como la muerte misma. Tal vez seas el Imperio Asesino, el buitre que me asola, la tormenta devastadora, la caricia que no llega. Pero el vencido siempre lleva la mayor ganancia: hace creer que ha sido tomado por sorpresa. Soy tu ciudad hambreada.

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¿Hacen falta más preguntas?

¿Hacen falta más preguntas? La gente se regocija en acumular preguntas, las mismas de siempre, las mismas de todos, porque no se puede preguntar nada distinto entre tanta gente igual, con las mismas preocupaciones. Cabe entonces la posibilidad de que no se formulen nuevas preguntas sino que vayan pasando de boca en boca, de angustia en angustia, como un grifo goteante imposible de reparar, una fuga imparable, un flujo de vida que no sirve de nada. Por eso se compadecen todos mutuamente y se comprenden, celebran los gestos insuficientes y los aciertos previsibles. También es esa la razón por la que un logro genuino causa furor y parece maravilloso. Pero hay que hacerse preguntas, intentarlas, para tener de qué preocuparse, en qué ocupar la vida. A eso le llaman madurar, sentar cabeza. Hay que tener propósitos, precauciones, miedos y absurdidades. Al final, da lo mismo sobre qué nos preguntemos porque respuestas tienen todos menos uno y nunca nos complace nada ni nadie más que nosotros mismos. Ahora mismo se me ocurren varias preguntas, pero no las hago porque, evidentemente, son las mismas que tú te haces.

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Juguemos a la culpa

Juguemos a la culpa. ¿Quién, por ejemplo, es el responsable de los nubarrones que nos ocultan?, ¿a quién le achacamos esta muerte? No podemos compartir las caídas, cada quien yerra por su lado; dime entonces, como si no fuera importante adjudicarle al otro nuestras deficiencias, a quién hemos de lapidar. Da lo mismo que digas que he sido yo el culpable o que asumas una agotadora secuencia de actos irresponsables, incluso puedo ofrecer el cuello para inmolarme; después yo diría lo contrario en cada caso para establecer una dinámica, una dialéctica de la autocompasión y las acusaciones más severas. Así, durante este juego de inculparnos recordaremos aquel otro de ofrecer y no entregar, de aproximarse y no llegar: el amor que no culmina y nunca cesa. Y nos complaceremos en la esperanza de librarnos del otro, de olvidar lo que nos prometimos proteger.

¿Quién gana el juego? Poco importa cuánto tiempo nos entreguemos al juego, habrá que esperar a que uno de los dos ceda para posponer la disputa; en otras palabras, no hay ganador sino dos jugadores profesionales de la culpa. Quiero decir que así nos habremos de mantener vivos porque el inicio de las cosas tiene un fin y, contrariamente, el final dura toda la eterna vida. Esta muerte es apenas el inicio de nosotros, toda tu vida anterior y la mía han sido un simple preludio, el vislumbre de un rencor incognoscible, el ensayo burdo de un acérrimo tedio que habría de conducirnos inevitablemente a este día. ¿Entiendes que es mentira que los dos merezcamos las mismas pedradas? Deberíamos arrojarnos proyectiles de distintos tamaños al mismo tiempo, pero es muy remota la posibilidad de morir en el mismo instante. Por eso, si aceptas este juego de la culpa, habremos de salvarnos. Estaremos vivos.

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Por supuesto que era distinto…

Por supuesto que era distinto, éramos creaturas diferentes, sin miedo. Una vez te vi bailando rock and roll de los 60 en alguna fiesta, no bebíamos tanta cerveza delante de nuestros padres, sólo en esos bares húmedos y con baños de porquería que estaban cerca de la escuela. Era fácil entrar a beber pero nos parecía todo un logro, un éxito inconmensurable convencerlos de que nos dieran servicio. Y nos emborrachábamos rápido. No había más miedo entre nosotros que el de reprobar matemáticas o física, economía también en mi caso.

        Hoy es tan diferente. Y lejano. No tanto en el tiempo como en nosotros mismos. Ya no usas lentes y yo me he cortado el pelo. Ahora conocemos el miedo en sus proporciones más cotidianas, luego cada quien lo conocerá con mayor intimidad, resonarán sus graves bufidos cuando estemos viejos. Hay una canción que me recuerda a ti, ríes con la timidez de a quien le avergüenza la risa. Teníamos la edad de la canción y éramos felices. Eran los buenos tiempos del amor consuetudinario, el de los vicios previsibles, las sonrisas más eróticas hasta entonces conocidas. Tuvimos miedo, alguna vez, de separarnos. Fue tal vez el más grande temor que compartimos.

        Ahora mismo tenemos miedo los dos porque se nos ha hecho tarde y siempre hay algo ―también puede haber alguien, pero eso, más que miedo, es condescendencia― que nos exige cumplir con lo establecido, lo aceptado. No tenemos ya ese miedo de no volvernos a ver, alguien de los dos lo perdió a su debido tiempo; así muere lo que estorba. A nosotros no nos queda ni la música ni nada. Tal vez por eso es que reímos a carcajadas: para afrontar con la mejor vida predispuesta a la costumbre el miedo de no recuperar nada.

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