Desvaríos

Sólo te queda la mansedumbre…

Sólo te queda la mansedumbre de la memoria porque aquello que quedó atrás es irrecuperable. El presente no es más que el martirio de querer mover el más fino hilo de la telaraña del pasado infructuosamente. Estás aquí, en el invierno de tu vida, con tu más sincera derrota. ¿Sientes el frío? Deberías gozar el amoratamiento del futuro, su amputación inaplazable: no hay certezas en él, si acaso un túmulo esperándote desde el inicio de la Tierra; pero ni eso podrías saber con seguridad. ¿De que sirve ahora tanta literatura, tantos defensores y detractores de tu obra? Los perros que te mordieron también se pudrirán entre la mugre de las calles, sobre la tierra de los caminos olvidados, bajo el sol que hierve el propio aire. Tanta poesía se irá al olvido, se la tragará un agujero negro o la radiación de una bomba. No se trata de apatía, nihilismo o pesimismo. Es un descubrimiento tardío, con el asombro legítimo que le pertenece, como cuando sabes que tenías la respuesta correcta pero alguien más la dio y no tú, no tú que titubeaste, no tú a quien le temblaban las piernas, no tú imposibilitado para demostrarte que servías para algo. Es el primer respiro que das en tu vida. La oportunidad de verte por primera vez en un reflejo. Y después, si quieres, continuar siendo manso.

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De pronto corres…

De pronto corres, como si hubieras hallado la salida, la puerta correcta, la ruta propicia. Te levantas y corres y no piensas en qué harás cuando detengas la estampida de tu sangre, el palpitar de esa desesperación descomunal. El mundo se convierte en un interminable pasillo angosto que retumba, te cimbra la violenta develación de un destino sin remedio. Corres de puro espanto, por mero instinto de animal amenzado y triste: azorada existencia. Incluso el guepardo se detiene. Así que paras, extiendes los brazos a los lados y palpas la ausencia de los muros, el silencio de toda esa gente que se fiaba de ti, estás por fin contigo mismo, en ese sórdido abismo, sumergido en tus propias y absurdas concesiones que habían aplazado este encuentro. Un tórrido arrepentimiento de ti mismo te traga pero no te consume. Caes, durante un tiempo indefinido caes. Pero aun en la caída, te dices, es posible erguirse y simular un andar sosegado, plantear un paisaje último sin puestas de sol ni auroras boreales, un frío punzante, una penumbra hiriente, un silencio que te atraviese, que te reviente. Y un día tal vez olvides la caída, podría ser que un día inventes un suelo firme, algo de color en el cielo, un calor benevolente, y justo cuando estuvieras a punto de ser feliz, es decir, de ser nuevamente ingenuo, terminarías de caer, yacerías por fin y sin aplazamientos con tu último aliento, con la única verdad que siempre estuvo dentro de ti, en las cosas que tocabas, en lo que llamaste amor algún día, en los ojos que te miraban: nada, una cáscara infértil, una coraza sin sentido. Y nadie, mucho menos tú, torpe vaivén de impulsos, sabe si tenga sentido levantarse nuevamente.

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Un insecto en la hojarasca

Es en lo que consideramos necesario en lo que no estaremos nunca de acuerdo. Un ave rapaz es necesaria, los dos lo sabemos. También las moscas que se posan en carnes putrefactas. La literatura es necesaria para algunos y para otros es un perfecto modo de volverse idiota y desperdiciar la vida. Para mí es completamente prescindible un baile folclórico en un pueblo remoto sumergido entre montañas, no es la vida que yo conozco ni una que me interese siquiera mirar de soslayo. Tú dices que es necesario alimentar al perro todos los días y a mí me da igual que coma o se quede en los huesos. De hecho podría considerar necesario que se mueran los perros, todos los pinches perros del mundo, igual que las cucarachas y las palomas y los jugadores de futbol. Sin embargo hay algo que a menudo se nos escapa o a lo cual le damos la vuelta, y es que aquello que nos es necesario no siempre es lo que más cuidamos sino que abusamos de ello, o consumimos vorazmente, lo aniquilamos con fruición a veces. Yo, por ejemplo, escribo a mano una línea y tacho y dejo un espacio de cuatro dedos para recomenzar y vuelvo a tachar y arrugo la hoja o la rompo y va a dar al cesto de basura. No me importa cuántos árboles son necesarios para producir un cuaderno, no me interesa en lo más mínimo y no voy a preocuparme por idioteces como esa. Ésa es la palabra. Lo que no es necesario es idiota, superfluo, con suerte puede sernos indiferente. Tú no eres necesaria en esta casa, o quizá sí, pero no conmigo en ella, y no podrás quejarte porque no creo que seas idiota ni me eres indiferente porque de ser así no estaría esforzándome con tanto palabrerío. Es cierto que las cosas que quedan fuera de nuestras necesidades pueden ser también objeto de nuestro desprecio, maltrato y maledicencias; tú no, en cambio. Tú estás en algo así como un terreno escabroso pero limpio, digno de una exploración detenida pero sin riesgos. Como un árbol con alguna asimetría curiosa en un bosque cualquiera. O un insecto camuflado con la hojarasca, más bien eso. Es decir, no te necesito pero tampoco me sobras, puedes quedarte, puedes preparar la mesa y dejar que te bese, puedes también alimentar al perro si tanto quieres, pedirme que vayamos a comer fuera, asistir a un ciclo de cine francés. El cine es necesario, nos alivia por un par de horas de ser nosotros mismos. Ahora, tan sólo ahora, ¿serías capaz de decirme a dónde diablos irías si cambiara la cerradura un poco antes de que llegues a casa, con tu bolsa que seguramente haría juego con tus zapatillas y tu labial? Claro que si lloviera te dejaría entrar a tomar un café o cualquier cosa que te reconfortara luego de guardar tu inútil llave en la bolsa, no soy un maldito, lo sabes. Estamos perdiendo el tiempo, amor, sabemos que en este momento me estás odiando tanto como a ti misma y que del mismo modo me estás necesitando; es decir, que quieres ejercer tu derecho de réplica para desahogarte y herirme, para ver si así también yo me quiebro y me desgajo y te digo ven acá, nena, ven acá, todo está bien. No podemos escapar de nosotros mismos, no sé hasta qué punto me soy necesario, pero sé que seré yo mismo siempre, jodida y resignadamente. Lo mismo tú respecto a ti misma, pero como hemos acordado que te odias tanto como a mí, podríamos concluir que me necesitas de igual forma, ¿no es cierto? Entonces, nena, corazón menesteroso, tráeme otra cerveza y quita ya esa cara, mira que, al final, estamos de acuerdo en algo y eso hay que celebrarlo.

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¿A quién pedí este aire…

¿A quién pedí este aire, los silbidos solitarios del viento, el ardor del sol, la resequedad del alma? ¿Por qué no puedo renunciar al débil hálito que me mantiene ridículamente erguido? El error que hay en mí no es obra mía, yo no resquebrajé la piedra que me sustenta. Soy yo lo quebrado, lo desencajado. Así he nacido, con la maldición de conocer ―apenas un poco― la distancia que separa a la calma de mí, con el sucio destino de no hallar más que una salida, la quimera perfecta, el desvarío provechoso, la escritura. La llana escritura ―la literatura está demasiado lejos, muy por encima. No aspiro a ella, mi acto más artístico, mi verdadera literatura, estará en mi muerte, y ya se sabe que uno no puede adjudicarse a sí mismo ciertas categorías o etiquetas que llegan con el tiempo.

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Y si nos hubieran advertido…

Y si nos hubieran advertido habríamos llegado a este mismo punto difuso y opresivo tal vez más pronto, con una sonrisa condescendiente. Habríamos, quizá, hecho un gesto con los labios y parpadeado lentamente, como un signo de cordura; o un ademán vacilante pero límpido, casi inocente, casi ignorante. Y habríamos tocado por fin nuestro cuerpo por encima de nuestra piel, tu cuerpo que resuena todavía bajo mis ojos cerrados. Habríamos, cariño. Pero sabemos ahora del amor, de la rabia, de rendir la verdadera libertad que surge en el más constreñido cautiverio. Estábamos a tiempo ―cuando tocaste por primera vez mis ansias con tu silencio, cuando despertaste en mí las ganas de obsequiarte mis propias manos, cuando sólo nos queríamos arrebatadamente― de levantarnos de la cama, de la mesa, salir del auto, del cine, sin decir nada, sin hacer nada más que mostrar la palma de la mano para hacernos callar e irnos. Largarnos cada uno por donde vino. No habría significado mucho, nada en realidad: el amor es el culpable de dotar el mundo de un sentido inaprensible, demasiado platónico, muy interior para ser inteligible. Antes del amor lo teníamos todo. Antes de nosotros había vida.

          Pero, amor. Simplemente pero, y en esta palabra cabemos perfectamente y tenemos suficiente espacio para entrar y salir a nuestras anchas y meter el mundo entero y multiplicarlo por cien y ponerle mil peros a la vida. Y nosotros, la cópula en la adversidad; los adversarios que copulan. De haberlo sabido, de habernos sabido tal como somos ahora, tal como el amor nos desnuda y desdibuja, nos conforma; de haber podido tener la más tenue astucia.

          Pero el amor es una inteligencia que no se equivoca y no se sacia.

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Apretar el paso

A veces, simplemente dan ganas de quedarse quieto en medio de un bulevar, aguardar la embestida, crisparse por completo. El corazón se acelera y una suerte de vértigo casi nos convence, pero siempre traicionamos ese impulso, lo menospreciamos porque sabemos de antemano que aun con eso no dejaremos de ser ridículos. Lo más sensato es continuar, siempre seguir adelante por más que no tengamos referencia alguna de estar yendo a donde se supone que debemos ir. Y da igual. Nuestros puntos de partida son siempre fortuitos. Contingentes deseos insatisfechos de otros tantos como nosotros que nos dicen que vamos bien. También ellos quieren un hombro para apoyarse, una vida admirable o paliativa por lo menos.

Todo es pasajero, todo se va al carajo. Irse al carajo es también un destino accidental nacido de ciertas advertencias ―igualmente sin fundamento― ignoradas; entonces surge la culpa, el remordimiento, la retrospectiva conmovedora después de un análisis de la situación más o menos revelador. Hay que cambiar esto y aquello, empeñarse en la felicidad, ser devoto de la esperanza. Y cuando de pronto dan ganas de quedarse quieto en medio de un bulevar, por segunda, quinta, enésima vez, las cosas empiezan a andar mal, las sacamos de quicio, nos muerde el mundo, resopla el cielo y no hay forma de ocultarnos porque siempre habrá de contenernos, siempre estaremos bajo su dominio. Se vuelve pesado el cielo con ese azul tan destilado, sus vapores desgarrados. Pensamos, pues, que todo está previsto, que es un cálculo maldito, y pierde la gracia quedarse parado en medio del bulevar y apretamos el paso.

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Sitio

No estoy seguro de quién soy y, sin embargo, aquí me tienes. Heme aquí. Tampoco sé quién eres y malgastaría la vida en intentar desvelarte. Eres la mayor incógnita que habita mis entrañas, la más oscura necedad, mi más deleitante obcecación infame. No te pertenezco, yo mismo me ofrendo. Sírvete de mí. No podrás negar que un atisbo de dulce dominio te ha embargado; estamos tan endemoniadamente perturbados por ciertas verdades pero al mismo tiempo sabemos qué lugar nos corresponde en este pertinaz desencuentro: arriba tú, siempre por encima, salvando las distancias que en tierra no lograrías siquiera cubrir con la mirada; yo abajo, soportándote, bañado por tu sombra, libre así en tu cautiverio. ¿No es esta una verdad perturbadora acaso? Estamos acostumbrados, eso es lo que pasa. Más nos alteraría acatar cautelosamente las conductas prescritas, querernos inocentemente. Esto no es más que una sinceridad perfecta, casi animal: el amor es siempre una emboscada, las murallas rendidas ante el sitio, la declaración de muerte más bella. Y un lugar común como la muerte misma. Tal vez seas el Imperio Asesino, el buitre que me asola, la tormenta devastadora, la caricia que no llega. Pero el vencido siempre lleva la mayor ganancia: hace creer que ha sido tomado por sorpresa. Soy tu ciudad hambreada.

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