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Microblasfemias

La microliteratura en Puebla no da tregua, sigue cautivando con su ingente economía verbal, con el abrazo de peso exacto, liviano. Javier Zúñiga ha cedido a los brazos de la brevedad y le ha puesto alas para que su libro Casi bestia, casi humano sobrevuele por los terrenos de la microficción, diferenciándose así, fácilmente, de otros. En febrero de este 2016 cayó una oleada de ángeles con todas sus dudas, rencores, esperanzas, orgullos, odios, angustias y desesperaciones.

Casi bestia, casi humano es un libro paradójico en el mundo de la brevedad. El tema que lo sustenta son los ángeles caídos y, como no podía ser de otra forma, Dios se aparece en cada uno de la cuarentena de textos, lo que pudiera echar para atrás a más de un lector sea porque pueda verse ofendido en sus creencias, sea porque su ateísmo lo haga cerrar el libro, o bien porque simplemente el tema le parezca ya manido. Pero, por otra parte, no es un libro moralino, de rencor contra una religión en particular, ni de gracejadas donde Dios se comporta como niño o como un ignorante de las implicaciones de su omnipotencia. Éste es el primer conflicto que habrá que resolver como lectores: hay que aceptar el concepto de un dios creador y omnipotente, con toda la mitología bíblica que arrastra con él, para que la lectura fluya. Si el lector es radicalmente reacio al tema, mejor que pase a otra cosa.

Como he dicho, en Casi bestia, casi humano el punto de vista desde el que asistimos al tratamiento de lo divino no es el de siempre, no es el creador ni su horda celestial los que hablan, tampoco el diablo, sino esas criaturas hechas a un lado, los rebeldes, los inconformes. A Javier Zúñiga no le interesa que nos preguntemos sobre lo que piensa Dios, que de eso tenemos bastante; más bien le importa que nos planteemos la naturaleza de la relación de los ángeles caídos con su padre. ¿Lo aman, lo odian? ¿Se arrepienten de haberse sublevado o, por el contrario, se regocijan en su orgullo? ¿Qué son y qué importancia tienen los hombres para ellos? No podrá negarse que el tópico del judeo-cristianismo ha dado mucho de sí a lo largo de la literatura universal, pero un libro de microficción dedicado exclusivamente al tema no lo habíamos tenido. Así, Javier Zúñiga apuesta por la unidad brindada por un libro temático, la complementariedad intratextual, tal como sucede en El jardín de las delicias de Marco Denevi o en Los silencios de Homero de Raúl Renán, por ejemplo. De este modo, llega el momento en que podemos plantearnos la posibilidad de que escuchamos a un mismo personaje hablar en más de una página.

Al microrrelato se le ha adjudicado la hibridación con otros géneros literarios. Después de la lectura de este libro me he tenido que replantear esta idea porque una cosa es calcar el formato de otro género y otra muy distinta el hibridarse. En Casi bestia… no hay calcos de avisos de ocasión, entradas de diccionario, recetas de cocina, lo que hay son textos que contienen una pequeña narración e introducen abruptamente el vocativo, formulando una apelación contra Dios, dando como resultado una hibridación de monólogo, cuento, epistolario y plegaria. Esto es lo que hace peculiar la prosa del autor, un tono neutro, apagado, casi solemne, muy apropiado para los discursos de sus personajes; el resentimiento no se formaliza en el insulto fácil, los títulos de una sola palabra dan la cincelada que nos guía en la interpretación de los textos. Los recursos más usados de la microficción están ausentes en este libro: los finales sorpresa sin más fundamento que pretender la sonrisa fácil, la intertextualidad excesiva, el juego de palabras, el saboteo de frases hechas, la comparación con otras deidades, incluso la extrema brevedad.

Una exigencia de Casi bestia, casi humano impuesta al lector es la paciencia. Sabemos que la minificción, como la poesía, pide una lectura sin prisas, que nos permita indagar en sus resonancias una multitud de posibilidades interpretativas. Podemos brincarnos esta recomendación en muchos casos, pero no en éste, porque correríamos el riesgo de agotarnos por esta prosa que, no obstante, se revela muy trabajada. Este tono calmo, la temática, el constante vocativo “Padre” (o la frase “mi Padre”), puede darnos la impresión de estar ante un libro repetitivo y cansino, por eso es necesario hacer una lectura pausada y no beberlo de golpe para saborear como se debe cada uno de los conflictos angelicales. Y es que vale la pena hacer hincapié en que estamos ante un libro de conflictos porque por más ateo que se proclame el lector, no puede dejar de ver los temas colaterales que el libro encierra. Las torturas de los inquisidores, los minusválidos (no es gratuito que Javier Zúñiga, en “Estoico”, encarne a un ángel caído en un hombre en sillas de ruedas; el estigma de la discriminación siempre está latente), las guerras, los ideales mismos del cristianismo y su incidencia en la sociedad, más lo que el lector atento pueda descubrir oculto bajo unas alas chamuscadas, invitan al lector a admitir que, a fin de cuentas, la responsabilidad no recae fuera del límite humano.

Casi bestia, casi humano, a pesar de abrirse paso hacia un público potencialmente reducido por su temática, es un libro que los lectores habituales de minificción deben leer. Tiene los ingredientes necesarios para diferenciarse de la vasta producción insabora, facilista y repetitiva que aqueja a la brevedad actual. Textos como “Republicano”, “Estoico”, “Verdugo”, “Vacío”, “Prohibido”, “Destructor”, “Vulnerable” y “Reseco”, son los que dan al libro personalidad propia, en ellos se acrecienta el desapego de las criaturas divinas y su creador, en ellos los epígrafes que nos introducen al libro cobran su relevancia. “La verdad es la verdad, aunque la diga el Diablo” es tal vez la frase que mejor representa el espíritu del libro, si nos asimos de ella avanzaremos con mayor facilidad en la lectura, no caeremos en el prejuicio de considerar el libro como un ramillete de reclamos personales contra un dios malvado, será mucho más claro que en las páginas de Casi bestia… prestaremos los oídos para escuchar la versión de los que nunca hablan y tan verdad será la suya como la que se pregona en el cielo y el infierno, que a fin de cuentas, todos son de la misma calaña. La última verdad, por supuesto, es la del lector.

Javier Zúñiga, Casi bestia, casi humano, Puebla, BUAP, 2016 (Colección Asteriscos)

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Que suene la campana

En octubre de 2015 salió de la imprenta ¡Nocauts! Microrrelato internacional de boxeo, una antología de Aldo Flores Escobar, estudioso y amante del género, y del box evidentemente. 195 páginas que contienen un analítico prólogo y 12 rounds de 7 textos cada uno, 84 en total. Cada microrrelato es de distinto autor, por lo que tenemos 84 autores contemporáneos, incluido el propio antologador de jabs, de Argentina, Perú, Italia, España, Brasil, Colombia, Uruguay y, con notable mayoría, México.

Al decir que los autores son contemporáneos recurro al prólogo mismo que nos informa de las anteriores estadísticas, nos dice ahí Aldo Flores que los textos han sido escritos en el siglo xxi; pero saber con exactitud en qué generación se inscribe cada autor es prácticamente imposible en muchos casos pues la antología no ofrece los más mínimos datos curriculares de ninguno. Considero importante esta información que nos permite rastrear la obra o primeras incidencias de ciertos autores para ahondar en su lectura, sobre todo cuando los textos son, según se entiende, inéditos. La misma colección Asteriscos de la Dirección de Fomento Editorial de la buap alberga otras dos antologías de microrrelato, Alebrije de palabras (2013) de José Manuel Ortiz Soto y Fernando Sánchez Clelo y Ráfaga imaginaria (2014) de este último, en las que sí se proporcionan líneas curriculares de los autores. Resulta impráctico recurrir a otra antología (suponiendo que aparezca en ambas) o incluso al mismísimo google para buscar datos de un mismo autor.

Tal vez al lector no le resulte de mucha importancia este detalle, pasemos entonces al cuadrilátero, a dar y recibir una que otra combinación sacudidora. El prólogo es un análisis justamente somero, para no cansar al lector ocasional, de los recursos formales más recurrentes del microrrelato basado en un artículo de Raúl Renán. Una prudente introducción teórica que nos permitirá descifrar y valorar mejor a los contendientes sin caer en excesos terminológicos.

Una vez que hemos calentado con estas páginas de la pluma de Aldo Flores, iniciamos el intercambio de golpes. Algunos de estos boxeadores literarios no necesitan manager, altavoces, una bata colorida ni otra propaganda cualquiera, Armando Alanís, Martín Gardella, Rony Vázquez Guevara, Fernando Sánchez Clelo, José Luis Zárate, Agustín Monsreal, Sandro Centurión, por nombrar sólo algunos, son autores curtidos en la creación de letras mínimas, algunos de ellos con actividad intensa en tuiter o sus propias bitácoras electrónicas; pero la mayoría la constituyen nombres nuevos, en el caso de México, y desconocidos para el que escribe, en el caso de Italia, Brasil, Uruguay y España. Tal vez el mayor mérito de esta colección de asaltos sea precisamente querer mostrar la amplísima recepción del microrrelato en Iberoamérica y sus brotes cada vez más notables en otros países; sin embargo, esta muestra internacional resulta desproporcionada: 64 textos son de procedencia mexicana, 12 son argentinos, 3 italianos, y Brasil, Perú, Colombia, Uruguay y España son representados con un autor cada uno.

Pudiéramos argumentar que la antología no tiene como objetivo ser una muestra de la escritura minificcional de cada uno de los países participantes sino presentarse como un divertimento en que muchos autores, sin importar su procedencia, rinden homenaje al box. Pero Aldo Flores tiene también otro móvil: la paradójicamente escasa presencia del deporte de los guantes rojos en la literatura mexicana cuando éste es una atracción fuertemente arraigada, quizá a la par que la lucha libre. Tal vez este arraigamiento cultural en México explique la mayoría paisana entre los repartidores de estos breves nocauts. Y por eso mismo resultaría muy interesante leer más muestras italianas, uruguayas, colombianas, etc.; seríamos testigos no de qué país es más fanático del box para vanagloriarse de ello, sino de un documento que atestiguara la presencia de este deporte en diferentes latitudes para (re)conocer su trascendencia cultural en cada uno de los mentados países.

Por otra parte es interesante hacer notar que muchos de los textos son minicuentos, es decir, cuentos canónicos con una extensión de una cuartilla, poco más, poco menos; mientras que los textos brevísimos, digamos de cinco renglones o menos, son más bien escasos; Kid Acero, Eneas Medina, y Marco Antonio Díaz son algunos de los que participan con menos palabras. También contados con los dedos de las manos son los textos que no se refieren al box de forma tradicional: una pelea, el instante del nocaut o el boxeador retirado y de vida precaria. José Luis Zárate da una vuelta de tuerca total a su historia, Javier Perucho coquetea con las pugnas infantiles, Sandro Centurión nos lleva a un futuro extraño y sanguinario del boxeo, Sergio Gaut vel Hartman, que es otro impulsor incansable del género en Argentina, se luce con una intertextualidad amigable, e Isaí Moreno juega con el cruce de planos y culturas.

Hay también un par de textos que llamarán poderosamente la atención del lector, “Golpe anunciado” de Marco Antonio Peña Flores, y “Nocaut de último momento” de Axel Jared Hernández, de 12 y 13 años de edad respectivamente. Se presiente cierta mano tallerista detrás de los textos, pero el simple hecho de su inclusión en la antología puede servir para dos cosas: podrían constituir un ejemplo del alto grado de canonización de la literatura brevísima si es que estas novísimas plumas se esforzaron conscientemente en escribir un minicuento o microrrelato; en segundo lugar, da a sus autores un estímulo más que significativo para continuar una ruta en la vida literaria.

Siempre, en la lectura de una antología, habrá textos que a un lector le parezcan formidables mientras que a otro más bien se le antojen insulsos. Creo que la antología se presenta más como una divulgación de nuevas voces apoyadas por las de más experiencia; de este modo, ¡Nocauts! sirve como un receptáculo desde el cual podemos seguir la pista de futuras promesas de la literatura mínima, un testigo de sus primeras incursiones en la materia, y a la vez como un homenaje a las peleas legendarias y al deporte mismo que los más aficionados no dudarán en tener en la estantería. No esperemos encontrar que todos los 84 textos sean obras maestras, aunque buenos textos los hay (por mencionar autores notables además de los reconocidos líneas arriba: Paolo Secondini, Alejandro Espinosa, Köller, Héctor Fernando Vizcarra).

En ¡Nocauts! el lector no sólo encontrará guantes, cejas abiertas y moretones, también lidiará con prostitutas, hombres-cohete, historias policiales, aficiones literarias, humor, represiones. Y, por supuesto, Rocky Balboa, Apollo, Muhammad Ali (hasta el Canelo) se recrean como símbolo del box, héroes de generaciones enteras que algunas soñaron en subirse al ring para pelear con o contra ellos. Esta es su oportunidad, que suene la campana.

Aldo Flores Escobar, ¡Nocauts! Microrrelato internacional de boxeo, Puebla, BUAP, 2015 (Asteriscos)

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Un dinosaurio crítico

Reseña publicada el 12 de octubre de 2011 en Ficción mínima:
http://ficcionminima.blogspot.mx/2011/10/un-dinosaurio-critico-david-baizabal.html 

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Que la minificción es un género autónomo ya no puede ser discutido a estas alturas de la producción literaria, por lo menos en lengua española. Y si aún hay alguien que lo ponga en duda que le eche un ojo a Dinosaurios de papel. El cuento brevísimo en México de Javier Perucho, quien es editor de El Cuento en Red. Revista Electrónica de Teoría de la Ficción Breve, ensayista e historiador de, según él mismo, “dos géneros menores, un causa perdida y los escritores extravagantes”,[1] es decir del microrrelato y el aforismo, la vida y producción literaria chicanas (o de la diáspora), y de los escritores raros.

Lo interesante de este libro es que también se asoman los micronarradores de la diáspora que han tocado el suelo mexicano en su producción literaria. Pero vayamos por orden. Hay que decir que éste es el libro más reciente de Javier Perucho y que no se trata de una nueva antología[2] sino de un estudio historiográfico propiamente, y requiere especial atención puesto que es el primer acercamiento de este tipo al microrrelato mexicano. El primer acierto del autor es no hacer desplantes teóricos respecto a la extensión del género; tiene razón, es ocioso y, sobre todo, infructuoso. Cierto que en el capítulo introductorio, “Pórtico”, nos recuerda algunas características esenciales del microrrelato —que no viene al caso mencionar aquí—, retrocede hasta Aristóteles y después va más atrás, a la China antigua, apoyado en José Vicente Anaya. Y sigue con una hipótesis sobre la posible difusión de las formas breves chinas a Japón y Corea; al margen hay que anotar que no está documentada la afirmación de que en Persia también hubo tales brevedades; por supuesto no descalifico el dato, pero serviría al lector contar con la fuente.

En el mismo capítulo introductorio Javier Perucho hace una rápida reseña sobre el microrrelato en Latinoamérica, sus principales cultivadores, compiladores y estudiosos; también sobre los antecedentes del microrrelato en México, las influencias y confluencias, y la estructura y objetivos del libro mismo.

La parte central, desde luego, es “Estelas del cuento brevísimo en México”, un recorrido cronológico, pero también analógico, de los narradores de brevedades mexicanos, incluido José de la Colina, español naturalizado mexicano. No es una simple cronología de autores y obras, para eso bastaría consultar una historia de la literatura mexicana; enDinosaurios… encontramos un acercamiento a los valores de las obras, una evaluación crítica del aporte a la tradición literaria por parte de los autores, una ojeada a las distintas poéticas. Por ahí desfilan Alfonso Reyes, Julio Torri, Edmundo Valadés —piedra angular en la difusión del género—, Juan José Arreola, Raúl Renán, Salvador Elizondo, De la Colina, José Emilio Pacheco, Avilés Fabila… y la lista continúa hasta los narradores más jóvenes con alguna obra significativa. La visión del microrrelato mexicano se completa con Max Aub, Golwarz, Monterroso, Otto-Raúl González y Jodorowsky.

Otro aspecto interesante es la posición de Javier Perucho respecto a la obra de brevedad de José Emilio Pacheco: “en mi consideración son textos literarios cuyas características más distintivas son la concisión, la brevedad y la elipsis, que se rigen por leyes propias del género cuento […]”. Igualmente es interesantísimo el apunte que hace sobre Fabila, nos muestra a un narrador que no aporta nada nuevo: un zarpazo.

Creo que Dinosaurios de papel… merece atención por otra razón más: los temas de investigación que están flotando, haciendo señales a los amantes del género; desde las primeras páginas hasta las últimas Perucho nos señala los cabos sueltos de la crítica e investigación microcuentística; es más, en este libro encontramos una “célula que explota”: una breve apostilla sobre La Marina, taller de minificción del portal Ficticia. Ciudad de Cuentos e Historias, donde además está prohibida la entrada a poetas, cosa paradójica o, mejor, oximorónica.

No encuentro nada reprobable en este libro de Perucho, arriba hice una anotación y aquí sumo dos más: la confusión entre una función genitiva y una ablativa en los títulos de las obras por él citadas; y el ruido que me causa la utilización del término metaficción en vez de intertextualidad en su acepción más general como correspondencia entre una obra y otra antecedente. He tenido la oportunidad de informar sobre el primer punto al autor, hago sin embargo la observación para que aquél que lo note también no se ponga exquisito como yo, que para exquisitez tenemos con la fluidez de Perucho, pues ciertamente Dinosaurios… tiene mucho de agilidad y amenidad en su estructura y redacción. Ahí que quede.

Perucho, Javier, Dinosaurios de papel. El cuento brevísimo en México. México, Ficticia-UNAM, 2009.

[1] Estas palabras podemos leerlas en el “perfil” en Miretario, bitácora electrónica del autor, http://cuatario.blogspot.com/

[2] Recuérdense las antologías El cuento jíbaro. Antología del microrrelato mexicano yYo no canto, Ulises, cuento. La sirena en el microrrelato mexicano.

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La tuiteratura de Chimal

Ya no es ninguna sorpresa el influjo de las tecnologías en la literatura contemporánea; las redes sociales, especialmente tuiter, han hecho que la producción de minificciones se vea favorecida en cuanto al número de cultivadores, si no en su calidad. Mucho se ha hablado sobre la escritura en tuiter, se ha llegado a hablar de tuiteratura e incluso se han organizado pláticas entre escritores que se pueden seguir con el hashtag #140cc; en ocasiones los autores de esos tuits acompañados de tal etiqueta pretenden aspirar a hacer verdaderas creaciones literarias. Es de eso de lo que quiero hablar aquí. Alberto Chimal, (1970), quien ya había ofrecido un volumen con brevedades (Grey, 2006), sacó a la luz 83 novelas en 2010 y se puede descargar desde su bitácora Las historias: http://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/83-novelas/ en distintas extensiones según el lector de preferencia.

No es necesario hacer un repaso extenuante de la mecánica que dio origen al libro, Chimal ofrece una muy clara explicación en el prólogo y en la misma página web arriba citada: se llaman novelas para hacer referencia a un sentido original de narración breve; y lo más importante: fueron publicadas directamente en Twitter con anterioridad; de ahí que algunos textos conformen series enumeradas. Por lo tanto, se trata de un libro exclusivamente de minificciones, podemos advertirlo desde el punto 1 del prólogo: “Los mundos narrados son pequeñísimos en la página pero se amplifican en la imaginación”, noción subyacente en todas las definiciones del microrrelato.

Bien, hablemos ahora de las dichosas novelas. Alberto Chimal ha dicho que se trata de un experimento, de un juego, sin embargo debe haber una mínima calidad literaria que lo haya impulsado a publicarlas; la plataforma en que fueron publicados los textos originalmente no importa. El libro está conformado por cinco secciones, de las cuales tres están seriadas: Muchedumbres (1, 2 y 3), Libros y Aventuras. Parece ser que a Chimal le ha ganado más lo lúdico en su sentido actual y no etimológico como su novella italiana. No dudo que el lector se pase un rato agradable leyendo algo como esto:

Espiritual 9

Caía en trance en el templo, hablaba en lenguas y repetía (sin que nadie  entendiera): —Fanáticos, Dios no existe.

O, peor, como esto:

Un equipo de exploradores se perdió en mi garganta. Buscaban al dinosaurio. Idiotas: como si aún estuviera allí. Mejor me voy a dormir.

Digo peor porque ya hemos tenido suficiente del mentado animalote monterrosiano, ha dejado de ser un recurso intertextual para pasar a ser un motivo literario de mal gusto.

Tampoco digo que el libro sea puro juego; en efecto, hay varios textos, aunque en su minoría, que se logran mantener de pie como microrrelatos, por ejemplo “Todo saldrá bien”, “El narrador”, “Oracular 1”; y otros que ascienden en calidad literaria como “Vida real”, “Cosmología 8”, “«Politesse» 4”, “Espiritual 14”, “Love Craft (o: La cita 3)”, y algunos otros. Y acaso podamos calificar de suspenso el penúltimo de los minis:

N

La estatua se está escapando.

          Muy, muy despacio.

que quizá pueda acercarse en efectividad al “Cuento de terror” de Andrés Neuman.

            Quiero hacer un comentario aparte de la sección Aventuras. Es, quizá, la parte que más me ha gustado de 83 novelas por contener verdaderas historias; en otras palabras, en estos textos no hay un abuso de la elipsis como se deja ver en las demás. Sólo una es la historia que deshecho instantáneamente: la arriba ya anotada (la monterrosiana). Tampoco cito las microhistorias, en primer lugar porque carecen de título –como algunas otras–; en segundo porque es preferible que el lector se dé el gusto directamente en el original.

Es, sin embargo, necesario recordar que el libro nació de la recopilación de tuits, necesario no por su carácter virtual sino por la limitación respecto a la extensión de las historias: 140 caracteres que presentan un reto al narrador; es decir, se trata de un libro arriesgado cuyo único límite impuesto conforma el riesgo mismo, límite que, como se ve, no siempre ha sido librado satisfactoriamente. Por supuesto Chimal no es el único que ha aprovechado Twitter para hacer desplantes y aciertos literarios, tenemos también a Renato Guillén con su proyecto Nanoficción (@nanoficcion)          —apadrinado por Chimal mismo— por ejemplo.

Desde otro punto de vista se nota que el conjunto de minificciones, a pesar de presentar textos supuestamente terminados, se convierte en la explicitación del proceso creativo; leer 83 novelas es, con suerte, un acto de algún modo voyeurista: somos testigos conscientes de la intimidad creadora del autor, podemos imaginar –suponer– cómo se han ido depurando y eliminando textos hasta llegar al volumen aquí reseñado.

Imaginemos ahora que 83 novelas y Grey se ponen al tú por tú, como Goliat y David respectivamente: el final es el que nos ha sido transmitido, sin reversión microrrelatista alguna. El libro que aquí presento puede parecer un gigante de la innovación y el futuro de la escritura virtual, sus fuerzas, igual que las de Goliat, no desaparecen, pero el certero Grey (David) queda en pie con sus virtudes y modestias. Cada una de las novelas tuiteras caen una a una, salvo las elegidas, justo como en la “Catarata” de Chimal, en éste último libro.

¿Qué hay que hacer, pues, con 83 novelas? Leerlas, uno no pierde nada y sí gana mucho: una visión más amplia y real de la escritura en tuiter, sus alcances en la literatura, sus ventajas y contrariedades. Repito lo que dice Chimal sobre su propio libro, se trata de un juego, y añado: sí, pero un juego que arroja resultados claros, la brevedad en literatura es un terreno de mucho cuidado, pues si es cierto que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, también lo es que la mayoría de textos de no más de ciento cuarenta caracteres, de cualquier autor, no van más allá del ejercicio de estilo.

Reseña originalmente publicada en El Cuento en Red n° 26

http://cuentoenred.xoc.uam.mx/tabla_contenido.php?id_fasciculo=607

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Araiza el bravo

Cada vez es más fácil que la narrativa joven destaque en el panorama literario, incluso en el terreno de la ficción breve, género discriminado donde, sin embargo, el canon se ha construido a partir de autores como Torri, Monterroso, Arreola, Reyes, De la Colina, Samperio, Elizondo, Pacheco. Estos y otros autores latinoamericanos y españoles definen con su obra lo que debe ser una buena minificción. Y llegar a las editoriales que han sido catalogadas como importantes en México, con una opera prima de minificción tendría que estar diciendo algo de su autor. Es el caso de Hugo López Araiza Bravo, nacido en la Ciudad de México en 1989, “Publicó su primer cuento a los nueve años (dizque) y ha publicado constantemente desde el 2006 en la revista-club La Pluma del Ganso- actualmente estudia filosofía en la UNAM y está encargado de la sección de columnas de la revista Migala, ganadora de la beca Edmundo Valadés otorgada por el FONCA.”

Pues bien, su libro Infinitas cosas se acaba de publicar en febrero de 2011, fue el ganador del concurso Caza de Letras de la UNAM y está editado en Alfaguara. Los jurados del concurso fueron Mónica Lavín, Álvaro Enrigue y Alberto Chimal, quienes escribieron que “Las minificciones de Infinitas Cosas tienen una transparencia, una tersura y una efectividad que nos parecieron dignas de premio y publicación.” El resto se puede leer en las dos últimas páginas del libro.

Infinitas cosas se compone de 58 microrrelatos, cantidad que le da un buen volumen al libro, un tamaño justo. Los temas son variados y aunque alguno se llega a repetir los textos no conforman ninguna serie; pero más importante que los temas abordados son los recursos que Araiza utiliza para lograr el efecto perseguido por todos los minificcionistas: el knockout.

Para lo anterior hay que decir, de una vez, que en algunos microrrelatos se ve una influencia borgiana y cortazariana, como en “El monstruo en el espejo” y el que abre el libro, “Juego de espejos”; ese recurso de la metaficción y la estructura de caja china ya se ha leído demasiado. Es literario, por supuesto, pero no se advierte ninguna propuesta; el final sincrónico que también sugiere el quebrantamiento del límite ficción- realidad, después de “Continuidad de los parques”, no aporta mucho a un cuento: se ha convertido en un vicio. Otro ejemplo es “Cadena perpetua” en el cual efectivamente se transparenta “Los dos reyes y los dos laberintos” de Borges:

Cadena perpetua

Al caer entre las olas, Ícaro se estremeció ante la revelación de que no encontraría nunca tierra firme. Entonces comprendió que ese era su laberinto, no aquel otro, del que sí había logrado escapar.

Por lo demás me parece que la última oración le sobra, el lector ideal ya conoce el mito de Ícaro y por lo tanto no hace falta explicar que pudo escapar del laberinto de Creta, le sobra, como esta misma repetición, porque se vuelve redundante. Y, por supuesto, no falta la minificción a modo de manual de instrucciones, forma bastante atractiva a la que muchos autores han arribado, me refiero a “Consejo contra la hoja en blanco”. Pero no se trata de minificciones que se limiten a calcar un estilo o una idea, se nota el trabajo y el esfuerzo por crear mezclas de recursos y tópicos; sólo tres textos me parecen vacuos: “Juego de espejos”, “Selenita” y “Sombrero de doble copa”, que se vale de una inversión de la lógica y se va haciendo predecible conforme nos acercamos al final:

Sombrero de copa

El mago metió la mano en el sombrero para realizar su acto final. Pero no logró sacarla. Una fuerza descomunal tiró de él hasta succionarlo por completo. Del otro lado, un público de conejos aplaudió su aparición.

Sin embargo, es un libro ameno, lúdico –como se afirma en la contraportada–, se saborea el humor bien mesurado; hay tensión, precisión, actualización de tópicos literarios e incluso de otros microrrelatos, por ejemplo “Strip tease” posiblemente relacionado con “El engaño” de Marcial Fernández, “Cotidiano” con “El hombre invisible” de Jiménez Emán, y la ineludible tradición sirenaica. Quiero destacar precisamente “La sirena”, relato de una cuartilla que remata con un final sorprendente, un giro de tuerca bien atinado.  Y no todo es un jugueteo infructuoso, no sólo nos pasamos un buen rato sonriendo, hay microrrelatos en los que Araiza nos pone a pensar. Claro que todos resignifican la realidad, como todo acto artístico, pero hay unos que me parecen dignos de mención: “Coleccionistas”, “Así son las cosas”, “Do ya feel lucky”, “Batalla invernal”, “Alebrije”.

Infinitas cosas es un libro impresionante, hay de todo un poco, historias, estampas, ocurrencias, mitos, magia, fantasía, islam, música; es una obra de contrapunto, uno lee un micro tirando a lo terrorífico y luego se encuentra con el humor repentinamente:

Melófobo

Al sordo no le gustan las fiestas. Se asusta mucho cuando encienden el estéreo y se mueven convulsivamente sin razón aparente.

pero hay algo detrás de ese humor: se aleja del prejuicio y de la carga moral y pasa sobre los ciegos, los sordos y todos los que de uno u otro modo están y son desvalidos. Así Araiza nos hace pensar en la vejez, la monotonía, la banalidad, las aficiones y los fanatismos, los segregados, lo que a fin de cuentas encontramos en cada esquina de la ciudad

                   Me gusta Infinitas cosas por su frescura, su espíritu alegre, su sencillez acertada del lenguaje, los títulos que como sabemos son muy importantes en una minificción, las técnicas como la elipsis y la ironía, pero también la inclusión de todos los elementos del cuento tradicional, la precaución del final sorpresa y sobre todo que no hay una brevedad o prolongación injustificadas o forzadas. Falta más trabajo en algunos textos, por supuesto, pero ya se le ve madera de narrador, lo ha demostrado. No hay nada más que decir. Ahí que quede.

  Hugo López Araiza Bravo, Infinitas cosas, México, Alfaguara, 2011.

Reseña publicada originalmente en la web de Crítica

http://revistacritica.com/vigilia/infinitas-cosas-de-hugo-lopez-araiza-bravo

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Ciertamente lo leemos mejor

Juan Armando Epple (Valdivia, Chile, 1946) es editor, poeta, ensayista, antólogo y narrador. Ha publicado las antologías Chile: poesía de resistencia y del exilio (1978) con Omar Lara, Brevísima relación del cuento breve de Chile (1990), Brevísima relación. Nueva antología del microcuento hispanoamericano (1999) y MicroQuijotes (2005) entre otras. Es autor de los poemarios De vuelos y permanencias (1998) y Del aire al aire (2000), y de los libros de minificción Con tinta sangre (1999) y Para leerte mejor (2010).

Ahora, dejando a un lado las notas curriculares de Epple, centrémonos en el último título citado, Para leerte mejor, publicado en septiembre de 2010 en Editorial Mosquito. Un libro de edición característica, sencilla, sin adornos de más, justo como un microrrelato, ad hoc con la colección que lo alberga, Una pequeña realidad. Un libro que nos remite también a sus trabajos anteriores, véase por qué.

El libro está dividido en cinco secciones temáticas, las cuales son Amores ciegos, Amor es un algo sin nombre, Otros prodigios, Microquijotes y Animalia. Los tres primeros están conectados de alguna manera, sea por razones temáticas o interrelaciones explícitas como el caso del microrrelato “Explicación II”, que para entenderlo es indispensable haber leído “Explicación I” incluido en la sección primera. Esto nos lleva a pensar en el problema de la trascendencia del texto, pues no puede ser comprendido fuera de la serie; un problema ya de antaño observado, recordemos el ejemplo de los cronopios y famas cortazarianos que de algún modo reclaman el reconocimiento de la colección a que pertenecen. El problema o la fortuna de los textos como éste de Epple es la inherencia de un texto con otro, la intertextualidad o, mejor, la intratextualidad.

De la primera sección del libro me interesa destacar el abanico de perspectivas que Epple nos ofrece para mirar a los ciegos, atrayente paradoja; así, podemos contrastar las habilidades desarrolladas por ellos, mismas que en nosotros se han atrofiado o ni siquiera se han despertado; la capacidad imaginativa potencializada que puede desembocar en astucia, como en “Para oírte mejor” –anotemos aquí otro punto para la intratextualidad–; la mirada irónica, y por tanto humorística. Aquí me detengo porque me parece el mayor logro de Epple en este apartado: lograr la sonrisa franca en el lector, moverse arriesgadamente en ese puntilloso límite del chiste y la minificción, pues encontramos desde un humor sobrio hasta lo encarnizado del humor negro, pasando por el encanto de la ironía. Para ilustrar este último caso me permito reproducir un micro:

Inspiración

Con tantos artistas de renombre que me anteceden –se lamenta el ciego, sentado en un banco de la plaza– Homero, John Milton, Bach, Joyce o Borges, y yo no soy capaz de terminar siquiera una cuarteta.

Aparte de la metaficción, como en este caso, encontramos la alegoría, la situación evocada por el texto que representa la discriminación general de la sociedad hacia los desvalidos. Hay otras minificciones encantadoras, intertextuales unas, originales otras, y, lamentablemente, muchos bastones blancos en pocas páginas, o será que están muy juntos.

            En Amor es un algo sin nombre leemos trece textos que nos enfrentan a diversas relaciones eróticas, en un sentido etimológico. Sin embargo, la variedad temática se termina abruptamente para dar paso a una serie de microrrelatos de cardiología: seis historias sobre patologías y trasplantes de corazón que me hacen pensar que el título del apartado debería ser otro, o bien hacer uno más para terminar de redondear esta serie. Por lo anterior se advierte que lo importante de estos trece microrrelatos no son el tema ni su unidad, creo que donde hay que poner atención es en el dominio de la técnica y la precisión verbal, la relación característica entre título y texto, especialmente el final. Soy partidario de calificar un cuento como bueno cuando su final es sorprendente – y no necesariamente sorpresa–, el jab de las últimas palabras. Por supuesto que en Para leerte mejor no todos son así, pero en esta parte del libro se nota muchísimo; claro que existen las excepciones: “Amor constante” y “En voz baja”, títulos que nada aportan al sentido de la minificción. En aquél el adjetivo quizá esté un poco en función de la situación presentada, pero bien podría haber sido otro; tampoco el humor convence mucho en este micro, incluso deja un sabor a lugar común.

            El título Otros prodigios ya nos adelanta una atmósfera distinta, y nos remite nuevamente a los textos anteriores, ya no como desgracias físicas o desventuras emocionales, sino como eventos extraordinarios. Al mismo tiempo van apareciendo las referencias culturales para comprender cabalmente las minificciones, temas regionales, propios de Chile o Latinoamérica como el nahua jaguar, símbolo característico de las culturas del sur de México hasta Sudamérica; la Pincoya, el gaucho, el exotismo que los europeos encuentran en nuestros países americanos, el Golpe de Estado del 73 y los cambios irreversibles en sus víctimas.  No me parece que sea un intento de elevación del sentimiento latinoamericano a través de los parajes chilenos; es decir, no son microrrelatos que magnifiquen un sentimiento patriótico, más bien es el simple recurso del regionalismo, pimienta literaria que, utilizando el vocablo italiano, hace más saporita la lectura. Y Epple tampoco abusa de este regionalismo, no llega a lo críptico, basta con que los que ignoramos las leyendas chilenas hagamos una sencilla investigación para saber cuál es la relación entre “La Pincoya” y el naufragio de los botes pesqueros. Y no me atrevo a develar en qué consiste esa relación y gracia suya.

            Pero hay un microrrelato que no termina de convencerme, probablemente sea el que menos me ha gustado, me refiero a “Terrores diurnos”, microrrelato que no sólo raya sino que se baña en el lugar común, en la copia de un recurso por demás tradicional en la minificción: la inversión de los papeles. Eso ya se ha visto mucho, me viene rápido a la memoria el microrrelato de Avilés Fabila “Apuntes para ser leídos por los lobos”, o “Un creyente” de Loring Frost, cito pues el microrrelato de Epple:

Terrores diurnos

–Mamá, mamá, ¿los seres vivos existen?

–No hijito. Esas son mentiras que les cuentan a los fantasmitas para asustarlos.

 Otro aspecto que me vuelve reticente a este microrrelato es que ha ganado el lado chistoso, la ocurrencia, no se compara con la literariedad que nos ofrecen Fabila y Frost; sin embargo, para que se vea que no es reticencia a Epple, debo decir que estos defectos se agigantan si lo comparamos con el microrrelato que le sigue, “Sombras nada más”, un texto realmente admirable, con una vuelta de tuerca encantadora, apacible, donde el recurso es el mismo pero el resultado uno muy diferente, metafórico. Pasemos ahora a la penúltima parte de la obra.

            No es que no sean buenos los microrrelatos de Microquijotes, es que Epple nos presenta cuatro que abordan los temas de siempre cuando del Quijote se trata: Dulcinea y los molinos, y sólo dos tópicos menos comunes: Cide Hamete y el Sancho que habla de un Alonso Quijano humano como cualquier otro. Paso pues a Animalia, conjunto de minificciones que a veces cuentan una historia y otras se quedan en la estampa, sin que esto quiera decir que desmerecen en calidad literaria; es más, confieso que estos textitos me encantaron. Como digo, hay estampas, anuncios publicitarios, cuadros, alegorías. No tienen título y aparecen uno seguido de otro, ocupando varios una misma página. Quizá alguien los considere como meros ejercicios de estilo, para mí son una amena forma de terminar el recorrido por las letras epplianas, letras plasmadas con maestría.

            Termino, por fin, diciendo que no hay que perderse Para leerte mejor, es una obra sensacional y bestial, literalmente; no cito ningún microrrelato de los buenos, porque son la gran mayoría y ese placer corresponde en la lectura directa. Para leerte mejor es una combinación de letras muy acertada para enraizar con más vigor la tradición minificcional de lengua española.

Reseña publicada originalmente en El cuento en red n°24, 2011.

http://cuentoenred.xoc.uam.mx/tabla_contenido.php?id_fasciculo=570

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