Y entonces nosotros, los viles

Y entonces nosotros, los viles
que amábamos la noche
murmurante, las casas,
los senderos del río,
las sucias luces rojas
de esos lugares, el dolor
silencioso y mitigado
—arrancamos la mano
de la viva cadena
y callamos, mas el corazón
sobresaltó nuestra sangre,
terminó la dulzura,
se acabó el abandono
en el sendero del río—
ya no siervos, supimos
estar solos y vivos.

Cesare Pavese

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“Tal vez sea cierto…

Tal vez sea cierto,

soy acaso una sombra buscando un pie,

algo inaprensible de tan leve, de tan vacío.

Prescindible materia,

exagerada necesidad de una tierra,

de una faz excesivamente deseada;

mitad, o poco menos,

infructuosa de un algo desconocido.

Soy también, a veces

en contra mía y sin remedio,

el intrincado ramaje de mi alma;

no más allá, no un poco convencido

de nada, apenas la insinuación

de un compendio de diferenciadas estupideces,

nada claro. Nada en su sitio.

No se ve nada hacia adentro,

hay con suerte un flagrante rebotar de luz muriendo,

una piedra retorcida con ambas manos.

Siempre en la superficie

por más profundo que se quiera mirar:

no hay ningún subsuelo, ningún estrato que me nutra.

El abismo más profundo es también

superficie para una sombra.

 

Ulrik Jouvet, Travesía del silencio.

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Lluvia en el puerto de Veracruz

Un calambre en el alma o un tirón en la voz, ¿qué sentiste cuando descubriste tu propio engaño? Era de noche pero aún era buena hora porque nunca es demasiado tarde para descubrir una verdad inclemente. Hiciste a un lado las cobijas, te estabas ya acostando con la felicidad bien arraigada. ¿qué dijo esa voz que te paralizó la sangre? ¿De quién era?, ¿de tu padre, del vecino, de tu mujer? Tal vez fue el ladrido aburrido de tu perro. Cuando apagaste la luz ya no eras el mismo o, mejor dicho, eras el de antes acostado en la cama de una desconocida, en una recámara extraña, en una costumbre ajena, cubierto de caricias que ya no te pertenecían: tu mujer engañaba ahora a su marido contigo. A la mañana siguiente se dio cuenta de que había dormido con otro hombre y, aterrada, porque la vida ya no era predecible, te pidió explicaciones. ¿Y qué ibas a explicarle si tú no la conocías, si despertaste luego de treinta años por un estímulo inexplicable, una intuición, un instinto? La acompañaste en el desayuno y luego te marchaste sin voltear siquiera, sin resarcir su amor, sin saber dónde habías dejado el tuyo.

Resignación

Deja que te picoteen, mendrugo, las interminables palomas; deja que te arrullen para que no te duela. O tal vez prefieras unas manos que te partan por el medio y luego poco a poco te dispersen en la plaza para prodigar tus trozos a las aves. No te atormentes pensando que tu quebradiza piel, tu mórbido cuerpo, alimentan una plaga; guárdate la ilusión de que por ti las palomas tienen fuerza para seguir amando.

ST

Sin título

Eran tus ojos en la tarde, tibia niebla dilatada, destellos constelados, gotas nocturnas que me hidrataban. Podían faltarme tus palabras húmedas de agosto, tu boca, sanguinolentas sanguijuelas que me excavaban el deseo, tus cúspides frías, erectas. Pero eran tus ojos llenándose de horizonte, desparramándose de horas conmigo, la felicidad. Y ahora que son fosas de abismo, pozos de la nada, estoy seguro que moriré de sed.