Desvaríos

¿Hacen falta más preguntas?

¿Hacen falta más preguntas? La gente se regocija en acumular preguntas, las mismas de siempre, las mismas de todos, porque no se puede preguntar nada distinto entre tanta gente igual, con las mismas preocupaciones. Cabe entonces la posibilidad de que no se formulen nuevas preguntas sino que vayan pasando de boca en boca, de angustia en angustia, como un grifo goteante imposible de reparar, una fuga imparable, un flujo de vida que no sirve de nada. Por eso se compadecen todos mutuamente y se comprenden, celebran los gestos insuficientes y los aciertos previsibles. También es esa la razón por la que un logro genuino causa furor y parece maravilloso. Pero hay que hacerse preguntas, intentarlas, para tener de qué preocuparse, en qué ocupar la vida. A eso le llaman madurar, sentar cabeza. Hay que tener propósitos, precauciones, miedos y absurdidades. Al final, da lo mismo sobre qué nos preguntemos porque respuestas tienen todos menos uno y nunca nos complace nada ni nadie más que nosotros mismos. Ahora mismo se me ocurren varias preguntas, pero no las hago porque, evidentemente, son las mismas que tú te haces.

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Juguemos a la culpa

Juguemos a la culpa. ¿Quién, por ejemplo, es el responsable de los nubarrones que nos ocultan?, ¿a quién le achacamos esta muerte? No podemos compartir las caídas, cada quien yerra por su lado; dime entonces, como si no fuera importante adjudicarle al otro nuestras deficiencias, a quién hemos de lapidar. Da lo mismo que digas que he sido yo el culpable o que asumas una agotadora secuencia de actos irresponsables, incluso puedo ofrecer el cuello para inmolarme; después yo diría lo contrario en cada caso para establecer una dinámica, una dialéctica de la autocompasión y las acusaciones más severas. Así, durante este juego de inculparnos recordaremos aquel otro de ofrecer y no entregar, de aproximarse y no llegar: el amor que no culmina y nunca cesa. Y nos complaceremos en la esperanza de librarnos del otro, de olvidar lo que nos prometimos proteger.

¿Quién gana el juego? Poco importa cuánto tiempo nos entreguemos al juego, habrá que esperar a que uno de los dos ceda para posponer la disputa; en otras palabras, no hay ganador sino dos jugadores profesionales de la culpa. Quiero decir que así nos habremos de mantener vivos porque el inicio de las cosas tiene un fin y, contrariamente, el final dura toda la eterna vida. Esta muerte es apenas el inicio de nosotros, toda tu vida anterior y la mía han sido un simple preludio, el vislumbre de un rencor incognoscible, el ensayo burdo de un acérrimo tedio que habría de conducirnos inevitablemente a este día. ¿Entiendes que es mentira que los dos merezcamos las mismas pedradas? Deberíamos arrojarnos proyectiles de distintos tamaños al mismo tiempo, pero es muy remota la posibilidad de morir en el mismo instante. Por eso, si aceptas este juego de la culpa, habremos de salvarnos. Estaremos vivos.

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Por supuesto que era distinto…

Por supuesto que era distinto, éramos creaturas diferentes, sin miedo. Una vez te vi bailando rock and roll de los 60 en alguna fiesta, no bebíamos tanta cerveza delante de nuestros padres, sólo en esos bares húmedos y con baños de porquería que estaban cerca de la escuela. Era fácil entrar a beber pero nos parecía todo un logro, un éxito inconmensurable convencerlos de que nos dieran servicio. Y nos emborrachábamos rápido. No había más miedo entre nosotros que el de reprobar matemáticas o física, economía también en mi caso.

        Hoy es tan diferente. Y lejano. No tanto en el tiempo como en nosotros mismos. Ya no usas lentes y yo me he cortado el pelo. Ahora conocemos el miedo en sus proporciones más cotidianas, luego cada quien lo conocerá con mayor intimidad, resonarán sus graves bufidos cuando estemos viejos. Hay una canción que me recuerda a ti, ríes con la timidez de a quien le avergüenza la risa. Teníamos la edad de la canción y éramos felices. Eran los buenos tiempos del amor consuetudinario, el de los vicios previsibles, las sonrisas más eróticas hasta entonces conocidas. Tuvimos miedo, alguna vez, de separarnos. Fue tal vez el más grande temor que compartimos.

        Ahora mismo tenemos miedo los dos porque se nos ha hecho tarde y siempre hay algo ―también puede haber alguien, pero eso, más que miedo, es condescendencia― que nos exige cumplir con lo establecido, lo aceptado. No tenemos ya ese miedo de no volvernos a ver, alguien de los dos lo perdió a su debido tiempo; así muere lo que estorba. A nosotros no nos queda ni la música ni nada. Tal vez por eso es que reímos a carcajadas: para afrontar con la mejor vida predispuesta a la costumbre el miedo de no recuperar nada.

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Retribución

Puedes escucharlos alrededor tuyo planeando tu vida, qué debes decir, qué tren tomar, cuántas maletas son necesarias, cuánta renta pagar. Y tu alma, en la más fetal de las posiciones, pide la palabra, musita una suerte de apología del error; nadie, por supuesto, puede escuchar detrás de tu boca. Entonces tomas las valijas que te han preparado: tres mudas de ropa, un par de zapatos, una revista pornográfica ―para que te enamores sin perder el tiempo en pactos intangibles―, una carta de recomendación para limpiar vidrios en el más lujoso edificio de la ciudad, la piel de tu mascota ―te han permitido llevar su tacto, aunque frío y áspero, porque saben que nunca has de saciar el anhelo incauto de creerte la necesidad de alguien más; pero eso tú no lo sabes―, y muchos buenos deseos que jamás habrás de perder ni dejando abiertas las valijas en la estación o el aeropuerto.

        No es tan malo, piensas, una vez que viajas a más de 200 km/hr y la apología, que habías declamado una y otra vez cuando decidían tu rumbo, se convierte en censura y discurso emotivo. Y concluyes, una vez que estás lejos de tus ilusas pretensiones, que la vida sucede como sólo ella sabe o como otros, que siempre saben más que tú, te la han preparado y servido. Desmenuzada, claro. Desmenuzada y en porciones pequeñas para que no te ahogues y retribuyas, con tu insigne trabajo, cada uno de los esfuerzos que en ti han reparado.

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Lluvia en el puerto de Veracruz

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Lluvia en el puerto de Veracruz

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¿Qué puedo hacer ahora, prodigio mío…

¿Qué puedo hacer ahora, prodigio mío, ahora que se me trepan los días de siempre, los días del mundo, la vida más impune, cruelmente sin ti? Tiéndeme la mano, no cierres la última ventana, esa que da a tus ojos, esa desde la cual podría lanzarme de vez en cuando para escucharte. En esta casa hay un eco que no cesa. Resuenas, pero no eres tú ni tu voz sino tu presencia más intangible, tu desvanecida esperanza, mi felicidad derrotada. Me persigue la angustia con su premura, le urge recubrir la casa, la calle y mis libros; déjame abierta la puerta, necesito saber que hay una salida aunque nunca me acerque a ella.

¿No éramos un buen presentimiento, un pronóstico acertado? De algún modo debo socavar esta vigilia, herirla de gravedad, enfebrecerla hasta el delirio para que te aparezcas sonriendo y hablando y mirando. Un destello tuyo sobre mi subrepticio derrumbe sería suficiente para iluminarme incluso por debajo de la tierra. Tal vez convierta en amuleto la memoria de mis manos, tendría así tu permanencia, tus breves horas infinitamente.

¿A dónde debería ir si mi refugio se convierte en ciudad sitiada? Otra vez los árboles adquieren un carácter de museo, sus sombras deben estar esperando tu vuelta, balanceándose sobre un montón de hojas muertas o sobre el pálido pavimento, como limpiándolo del polvo y del rastro de otras miradas para que encuentres siempre tu lugar intacto, para que el tiempo no lo desgaste. Te seguirán aguardando las yerbas mudas que nos circundaron siempre.

¿Estaré algún día a salvo de mí mismo? ¿Llegará el día en que me emancipe de tu abrazo? ¿Estaré haciendo las preguntas correctas?

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Sólo se hace tarde una vez…

Sólo se hace tarde una vez, sólo hay una oportunidad y, por lo tanto, sólo puede haber un error, y no hay remedio para los errores aunque bien pueden repetirse. A veces creemos que estamos enmendando un error de hace años sólo porque las circunstancias de ahora son muy parecidas, casi iguales. Actuamos tan diferente que nos parece que hemos regresado el tiempo para arreglar las cosas, para salvarnos la vida, como si pudiéramos anular los efectos implacables de nuestra estupidez. No hay lugar para corregir nada, no hay forma de que deje de ser tarde. No es retroactiva la mejor de nuestras intenciones, el mayor de nuestros arrepentimientos. Es tarde ahora porque se hizo tarde ayer, nunca ha dejado de serlo. Seguirá siendo tarde mañana, morirás cubierto por el tiempo que dejaste ir, será tu muerte, y nada más, la enmienda, el alto total del tiempo.

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